16/4/16

Libros menos vendidos en Sant Jordi (un pronóstico)




Hace algunos meses una amiga me habló de un revisor de bolsas de basura que frecuenta las calles de Amsterdam cuando cae el sol. Un minucioso funcionario con linterna dedicado a buscar documentos con nombre y apellido en las bolsas de basura, con el fin de enviar cuantiosas multas a todo aquel que se haya dejado abierta la tapa del contenedor o haya lanzado materia orgánica en el cubo reservado para el papel. Esta segunda infracción me trae a la cabeza algunas de las frases que más detesto: «Se dejó el corazón en el papel» (multa merecida).

Me acuerdo del revisor holandés porque estamos a punto de conocer la lista de libros más vendidos en Sant Jordi. ¿A quién le importa? ¿No va siendo hora de proponer otro tipo de listas? (quizá no)

Los libros más vendidos en Sant Jordi de autores muertos.
Los libros más vendidos en Sant Jordi de editoriales (realmente) independientes.
Los libros más vendidos en Sant Jordi a mujeres con gafas (gafas de sol no computan).
Los libros más robados en Sant Jordi (quise comprarte los “Cuentos completos” de Maupassant pero no tenía dinero).
Los libros más vendidos en Sant Jordi para consumo propio y no para ser regalados (inefable).
Los libros más vendidos en Sant Jordi para ser olvidados al día siguiente (es probable que esta lista coincida bastante con la que aparezca finalmente en los periódicos).

Parece que el día de Sant Jordi no deja de ser un soporte al mercado de los libros que nada tiene que ver con la literatura. Sucede igual con los best-sellers que, como dice César Aira, están destinados a gente que no lee, ni quiere leer, literatura. Recientemente se están publicando en España algunos títulos de César Aira (les costó decidirse): los más recientes son “El cerebro musical”, que prolonga sus “Relatos reunidos”, y “Sobre el arte contemporáneo” / “En La Habana”, un ensayo-ficción.

César Aira, Thomas Pynchon, John Barth.
No todos los escritores que me gustan están muertos.
Elfriede Jelinek, Lydia Davis, Pascal Quignard.

Ante todo me considero lector, escribe Borges. Con este epígrafe se abre “La soledad del lector”, de David Markson, un lector de lectores que construyó sus mejores libros a base de citas ajenas y apuntes biográficos sobre las miserias de la vida bohemia y las muertes de los artistas (recomiendo también “Punto de fuga” y “Esto no es una novela”, publicadas en la editorial argentina La Bestia Equilátera). En su testamento, Markson donó toda su biblioteca personal a la Strand Bookstore, una librería independiente de Manhattan.

¿Una librería independiente de Barcelona? La Calders (¿quién pregunta?), por su ampliación social de la literatura. Paso por el Macba (¡baños públicos!). Todavía sigue en marcha “Especies de espacios”, la exposición inspirada libremente en el libro de Georges Perec. Lleva camino de convertirse en la exposición temporal más prolongada de la historia de los museos. Me abandono a los sueños y pienso que están esperando a que Perec resucite (asociación de ideas innecesaria entre Perec y Peret: no estaba muerto estaba de parranda). Veo un horrendo graffiti en la plaza del Macba y al llegar a casa me arrepiento de no haber escrito debajo: menos grafittis y más magrittes. Fue Perec (no yo) quien escribió en el prodigioso ensayo lúdico “Especies de espacios” que podríamos escribir en las paredes de nuestros apartamentos, como se escribe a veces en las fachadas de las casas, en las empalizadas de las obras, en los muros de las prisiones, pero rara vez lo hacemos.

(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el 14 de abril de 2016

20/11/15

EL CINÉFILO (Ediciones Alfabia, 2015)



Traduje a Walker Percy
STOP
The Moviegoer, 1961 versus El cinéfilo, 2015
STOP
Traducciones literarias: bienvenidas sean
STOP 

30/9/15

NOVA ELÉCTRICA S.A.


"Nova Eléctrica S.A." (Terranova, 2014)
Relato publicado en el libro de arte ATALAIA (Terranova Editorial, 2014)




9/4/13

Último encuentro con Roberto Bolaño


Visité la exposición ‘Archivo Bolaño‘ en el CCCB y tomé unos apuntes de lo que allí pude leer.

Dentro de mil años no quedará nada de cuanto se ha escrito en este siglo. Leerán frases sueltas, huellas de mujeres perdidas, fragmentos de niños inmóviles, tus ojos demoníacos lentos y verdes simplemente no existirán. Será como la Antigua Grecia, aún más distante, como una playa en invierno para otro asombro y otra indiferencia.
Excelente idea: deberán cortarles la cabeza a todos los muertos. Ataúdes con cuerpos descabezados. O bien: poner las cabezas entre las piernas de los muertos. Y eliminar todo amor. Algo así está más que merecido.
No puedo registrar las frecuencias velocísimas de la realidad.
El asesino duerme mientras la víctima le toma fotografías.
En la agencia de detectives de mi mente.
Escribiré cuadernos de 200 páginas cada uno, a ver si desde allí sale algo que valga la pena, que no esté escrito ya, y que respire amor, piedad, deseos de ser piel roja.
Era en los días que estaba obsesionado en construir un ciborg capaz de soportar cualquier intensidad de desamor.
Amo a tu patria, escribe una niñita chilena y protesta por los exiliados. Ellos deben volver, dice, amar a su patria. Está bien. Pero es una lástima que no me pueda contar entre ellos. Yo no amo mi patria.
El desprecio que sentía por la así llamada literatura oficial era enorme, aunque solo un poco más grande que el que sentía por la literatura marginal.
Mejor aprender a leer que aprender a morir.
¿Cómo reconocer una obra de arte? ¿Cómo separarla, aunque solo sea un momento, de su aparato crítico, de sus exégetas, de sus incansables plagiarios, de sus ninguneadores, de su final destino de soledad? Es fácil. Hay que traducirla. Que el traductor no sea una lumbrera. Hay que arrancarle páginas al azar. Hay que dejarla tirada en un desván. Si después de leer todo esto aparece un joven y la lee, y tras leerla la hace suya, y le es fiel (o infiel, qué más da) y la reinterpreta y la acompaña en su viaje a los límites y ambos se enriquecen y el joven añade un gramo de valor a su valor natural, estamos ante algo, una máquina o un libro, capaz de hablar a todos los seres humanos: no un campo labrado sino una montaña, no la imagen del bosque pero sin el bosque oscuro, no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor.
Toda disciplina tiende a su disolución.
A lo que uno teme es al dolor o, en otro orden de cosas, a la posibilidad de dejar inacabada una tarea.
Llegará el día en que no hagamos tantas cosas como ahora hacemos juntos. Dormir abrazados. Cagar el uno al lado del otro sin vergüenza alguna. Jugar con la comida en el pasillo de nuestra case en la calle Aurora. Este pasillo débilmente iluminado que sin duda conduce al infinito.
De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiere aguantar más.
No viene al caso decirlo ahora pero ella no siente nada al leer esas especies de notas, diario de vida o lo que fuera.
Roberto Bolaño. Poeta y vago.
No tengo teléfono.


(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el 3 de abril de 2013)

19/2/13

ONCE BOLAS DE PAPEL DE PERIÓDICO


—¿Hecho artístico has dicho? Opino que Orquídea es al hecho artístico lo que Cooo… —alcancé a comentarle a Wesley antes de que Ramiro el engolado, presidente del club de fans de Orquídea, introdujera en mi boca once bolas de papel de periódico, sellara mis ojos con cinta aislante y pulverizara sobre mi rostro una botella entera de líquido quitagrasas, imitando con sonidos palatales, babosos pero certeros, los disparos de una pistola de película, mientras el resto de socios entonaban canciones festivas, contoneaban las caderas como jilgueros de otoño y dibujaban pequeños círculos en el parqué con sus inseparables zapatos de plataforma, pues la primera regla del club de fans de Orquídea es una regla tripartita: calzar zapatos de plataforma, haber paseado en abril por el puente Veccio y preferir los amaneceres tranquilos a los violáceos, según me relató Wesley en el hospital. Quien fuera mi fiel compañero de reportajes de investigación, el hombre que siempre aguantó sin reproches que yo me burlara de su hábito de calzar zapatos de plataforma hasta para bajar al badulaque a por cerveza, se había visto obligado a danzar junto al resto de socios del club de fans de Orquídea para no despertar sospechas sobre nuestra infiltración. No pudo hacer nada por ayudarme. Cuando fui trasladado a planta, Wesley me aseguró que había sentido un escalofrío vertical (eso fue lo que dijo) contemplando cómo me infringían aquella tortura salvaje. Ahora sé que Wesley, durante el ritual que compartió junto a aquel grupo de fanáticos, fue por un instante el hombre con zapatos de plataforma más eufórico sobre la faz de la tierra. Ojalá guarde huella de esa dicha, dondequiera que él se esconda.

Haneke y Gorz enamorados



Una pareja de veinteañeros sonrientes, educados y vestidos como para jugar al golf, penetran en la casa de veraneo de una familia pequeñoburguesa y someten a sus miembros (padre, madre, hijo y perro) a una serie de torturas. Es la trama de Funny Games, la película que Michael Haneke estrenó en 1997. Una escena juguetona causó más controversia que cualquier acto de violencia: cuando uno de los torturadores recibe un disparo, el otro agarra un mando a distancia del que nada sabía el espectador y rebobina los hechos para que su compañero pueda salvarse, la familia siga indefensa y el mal termine imponiéndose. Gran parte del público se tomó fatal esta traición repentina del así llamado pacto de verosimilitud. No hay problema en aceptar que un par de sádicos pretendan torturar y matar a un grupo de desconocidos sin más motivo que el entretenimiento. Tales atrocidades suceden en la realidad y así es como funciona el discurso empleado por la publicidad de alarmas y puertas blindadas para el hogar. En cambio, un rebobinado de la realidad sigue resultando, para muchos, una licencia intolerable.
Funny Games se inicia con la llegada de la familia pequeñoburguesa de la ciudad a la casa de veraneo, con la lancha enganchada al vehículo. A continuación, el hombre y su hijo se embarcan en esa lancha. Imaginemos que el hombre hubiera pescado unas truchas y que su esposa, al disponerse a limpiar el pescado para cocinarlo (ah, los roles), hubiera encontrado el mando a distancia en los intestinos de una trucha. Que la mujer hubiera regalado a su hijo el mando creyendo que era un juguete. Que este hubiera descubierto la magia del aparato y que lo hubiera empleado para rebobinar una reprimenda de sus padres o una pelota de goma reventada por la mordedura del perro. Entonces, cuando los dos malhechores allanaran la morada, deberían haberse apresurado a arrancar ese mando fantástico de las manos del niño.
Con este planteamiento imaginario se hubiera hablado del surrealismo deFunny Games, nunca de la incoherencia interna de la escena del mando a distancia. El espectador habría estado avisado desde el inicio. Por suerte, al Haneke de Funny Games no le preocupaba la advertencia sino la irrupción. No solo tenía preparadas una serie de torturas para sus personajes sino que guardaba una contra el espectador (el mando a distancia era, en efecto, su Deus ex machina).
En la obra más reciente del director bávaro no se exhibe ninguna de estas incineraciones de los papeles realistas (que a mí, por cierto, me fascinan). Con Amour, Michael Haneke recibió la Palma de Oro del Festival de Cannes como ya había conseguido con La cinta blanca. Parece ser que el realismo, en su concepción más cruda y melodramática, sigue siendo el valor que mejor afirma, consolida y da prestigio al creador de ficciones profesional.
Mientras yo veía Amour, no pude evitar pensar en el último libro que escribió André Gorz: Carta a D. Historia de un amor (Ediciones Paidós). Asocié las palabras que empleó Gorz para despedirse de su mujer con las emociones que transmite la entrañable pareja de octogenarios que protagonizan la película de Haneke: “A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”. El libro fue publicado en 2006. Al año siguiente, Gorz y su esposa Dorine decidieron suicidarse juntos en la casa que compartían en la región francesa de Champagne-Ardenne.
Cercano al abismo, Gorz, teórico de la ecología y el altermundismo, se preguntó por qué la mujer de su vida estaba tan poco presente en sus libros. Como la cuestión le atormentaba, se respondió con una extensa confesión amorosa que inició de esta manera: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que sólo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”.
Si bien Carta a Dorine fue el último libro que Gorz publicó en vida, cinco días antes de su muerte pudo encontrar las fuerzas necesarias para escribir un último texto. Se trata de un artículo periodístico donde Gorz anticipa el “inevitable momento en que las burbujas estallan, arrastrando a los bancos hacia bancarrotas en cadena que amenazan con colapsar el sistema mundial de crédito y sumir a la economía real en una depresión severa y prolongada”. Cumplidas estas observaciones, diría Gorz que nos encontramos habitando la época en que se está decidiendo la manera de salir del capitalismo tal y como lo teníamos entendido. Cabe recordar que al menos André Gorz se marchó aferrado a una esperanza: “la creatividad abunda y existen los medios necesarios para potenciar un desarrollo basado en la auto-producción y su puesta en común”.
A nadie puede extrañar que el poder siga viendo el modelo capitalista como atractivo, incluso en su fase de obsolescencia. Ahora que la situación se ha vuelto insostenible, se supone que se está preparando la manera de salir de ella (lo cierto es que uno intuye que en realidad se están reformando las puertas de entrada, para hacerlas más pequeñas). Si alguien me preguntara si creo que el hombre va a actuar de manera civilizada o bien de manera bárbara, no me atrevería a ofrecer vaticinios. Contestaría, supongo, cambiando de asunto. ¿Ha visto usted la película Amour? ¿Y cómo interpreta el final? ¿Le parece civilizado o le parece bárbaro? El resto sería spoiler.
[Tras la escritura de este artículo, la prensa informa de una noticia penosa: un matrimonio de jubilados se suicida en Mallorca tras recibir una orden de desahucio. Va dedicado a su memoria.]
(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el 13 de febrero de 2013

3/2/13

Guiño






¡Ay, pobre Yorik! ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aun puedes reírte de tu propia deformidad.