17/12/09

Botero, Las anoréxicas



Botero pintará anoréxicas. El artista colombiano, conocido universalmente por representar figuras humanas muy voluminosas, plasmará en su próxima obra de arte este transtorno alimentario tan en boga. ¿Podremos contemplar al fin las primeras figuras femeninas esqueléticas en la obra de Fernando Botero? ¿El gran desproporcionador de lo real se enfrentará a su eterna antagonista: la extrema delgadez? ¿Botero mostrando la realidad rampante de principios de siglo XXI? No. Para eso habrá que esperar sentados. Botero pintará a las anoréxicas tal y como ellas se ven en el espejo: gordas. Es bien sabido que las anoréxicas se ven en el espejo como gordas de Botero. Sí. Botero seguirá pintando lo mismo de siempre.

10/12/09

Inspector Gadget, drama postromántico




Hola Sophie. ¿Cuánto tiempo, no? Madgato se acuerda de ti. Tranqui, este mail no va de personificar mis sentimientos a través de un animal. Es un felino con memoria y se acuerda de ti. ¿Prosopopeya? Y una polla. Ya ves, si solo somos animaciones de un Dios laico y francés. Tus sueños ya están dibujados: nunca vivirás como Pippi Långstrump ni podrás escapar de Metrocity. Yo te veo por mi pantalla: el blog, el chat, la zarzamora social. Si lo llego a saber, no le vendo a los ingleses la idea de internet.


La habitación de tío Gadget huele a viejo, a qué va oler, tío Gadget, a viejo. Por el ipod escucha la chanson La Decadanse, acordándose de sus buenos tiempos en la televisión, aquellos en que podía imponer a los productores una sintonía para su serie al estilo de Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Por el televisor de plasma mira las imágenes de Anticristo de Lars Von Trier en que Charlotte Gainsbourg, hija de la chanson, folla como una bruja. Por los sensores de realidad virtual de la nueva silla Hampa de Ikea percibe en las piernas la sensación de tenerlas metidas en un jacuzzi, llegando a un estado de relajación supremo en el que consigue olvidarse de MAD, mi organización Marxista Anarquista Demoledora que putea y puteará a los policías hasta el último de sus días. Se queda dormido con sus mil gadgets enchufados. Huele tanto a viejo que nadie anulará ese olor ni con otros mil ambientadores. Ya limpiaré la habitación de tío Gadget el fin de semana, piensas. Y el fin de semana llega y tampoco limpias. Y Sultán parece una personita, sí, rellena sudokus tamaño póster, pero el hambre canina no se la quita nadie y a ti, Sophie, se te ha vuelto a olvidar comprarle pienso.


Dr Gang.



02/12/09

El Almendro 80's







Bárcenas es un murciano superdotado que trabaja en Roma, en 1979, editando cine.


Ahora mismo se encuentra en la oficina revisando el montaje final de Holocausto Caníbal. Viste como un mod del sector fascio. Lo apunta todo en una libreta gigante, como de notario gordo con muchos clientes. Va a ser muy polémica, la película. Que el año 1979 esté a punto de acabar para entrar con carrerilla en los coloristas 80 no quiere decir que el populi ya esté preparado para ver a personas empaladas del culo a la boca con una estaca de madera.




Rufina, la secretaria, le entrega una carta a Bárcenas. La abre, es un Christmas. Desde Murcia, con amor. La llamada de la tierra, el aliento del hogar. Ese tomate murciano chafado en la cara de un joven reportero empalado.




Roma-Madrid en avión. Madrid-Murcia en autobús. En el asiento de al lado, una abuela que se tira pedos a intervalos de 2 minutos / 2 minutos y medio. Pedos muy ancestrales. Con olor a col lombarda de posguerra.










Por la ventanilla del autobús, Bárcenas divisa a dos animales. Saca de la maleta sus prismáticos para contemplarlos. Un caballo recio, rubio, firme. Y una cabra vieja y gris tumbada como una persona, con barbilla blanca de samurai, frotándose todo el dorso del cuerpo en la hierba mojada. Hay niebla en la huerta.







Llega a la estación, le recibe su hermano con un jersey de lana azul y blanca que compró en el mercado un día que en realidad iba solo a por un buen par de gallos de corral. Se saludan con un abrazo torpe, extraño, porque Bárcenas acaba de intuir que aquel no parece su hermano. Está claro que es su hermano, joder, pero como más joven, como si en aquel puto pueblo murciano el tiempo transcurriera hacia atrás.



Bárcenas entra en la cocina y pone en práctica la reverencia que de chaval debía hacer a su madre, una genuflexión muy humillante, teniendo además que poner cara de cigüeña y gritar:


- AAAOOAAY










La madre le abraza. Es vieja y va muy drogada. Le brilla la cara.






Bárcenas le entrega a su madre su regalo de Navidad, una carterita de cuero. Ella aprovecha el día señalado para contarle que toda la familia del pueblo, niños y mayores, están engachados al crack. Ella incluida. Y le advierte que esa noche tiene que demostrar que es un buen hijo y fumar con todos los invitados, de lo contrario la familia quedará muy desunida.



Fuman crack todos juntos.

Risas desencajadas en la Nochebuena murciana.

Toc toc, los 80 en la puerta de madera.








La Bolsa de Pipas

Sátrapas, se me olvidó comentaros que me han publicado un cuento inédito en la revista literaria La Bolsa de Pipas.


Gerard Quintana vs Jordi Hereu


























(Profecía)


Gerard Quintana eufórico, la cara más agigantada si cabe. En el universo, caber, cabe. En una fotografía, habrá que verlo. Heredará un palacete de esa burguesía que mantenía escondida entre sus linajes. Lo venderá y se convertirá en multimillonario al instante. Verá claramente que sus discos son armas arrojadizas y se paseará corriendo por las Ramblas arrojándolos a la cara de los extranjeros. No se detendrá a grabar el acento de los viandantes para distinguir sus acentos, no van por ahí los cd's, Quintana los lanzará sin carátula a todo aquel que le parezca que tenga un rostro foráneo. A ritmo de footing. Rambla arriba, Rambla abajo, con su grabadora digital colgando del cuello, junto al collar de conchas. Esta acción la iniciará un jueves. No te acerques si tienes cara de inglés o de Pakistán-ta-ta-ta-tán: Gerard Quintana baja a la ciudad armado con la violencia de la felicidad.


Se toma sus descansos para comer y dormir, pero va a estar cuatro días de intenso trabajo haciendo volar sus Cd's, presentándolos a lo bestia. Un lunes se plantará en la plaza Sant Jaume, descalzo. Comprará una cita con el alcalde de Barcelona. La comprará. Jordi Hereu está ocupado. ¿Seguro? Manojos de billetes de su riñonera con el símbolo de la marihuana tejido con mimo con tela verde, el salvoconducto. En el despacho del excelentísimo, Gerard Quintana le comunicará sus propuestas para una ciudad mejor. Caerá en la cuenta que Jordi Hereu, alcalde de Barcelona tiene una guitarra sobre la mesa, con claros signos de haber sido usada recientemente. Huellas de Jordi Hereu en la guitarra, que comentará que sí, que está escribiendo unos temas sobre Barcelona, la fusión, el civismo en clave de solfa.


Se cambiarán los papeles por un tiempo. Gerard Quintana, músico venido a menos (menos que menos es menos), tomará con ilusión la vitola de la ciudad. No dará la cara en ruedas de prensa, será el ideólogo oculto de las nuevas propuestas para Barcelona. Dedicará una calle importante a Jordi Cruyff, el hijo de Johan, por su contribución a la importancia de llamarse Jordi. Será la calle Diagonal. La diagonal, la transversal, la hexagonal, ahí no hay un bautismo. Diagonal Jordi Cruyff, ahí sí, manteniendo el residuo. Ordenará encender una hoguera en cada parada de metro y regularizará la situación legal de los vendedores de castañas. Pondrá en marcha un innovador servicio de sillas de ruedas públicas para desplazarse por toda la ciudad, con conectividad aérea con el funicular de Montjuïc. Y Jordi Hereu compondrá las canciones de Gerard Quintana, “muy variadas”. Esto se lo dirá Jordi Hereu a Gerard Quintana cuando le explique cómo le están quedan quedando las nuevas composiciones. “Muy variadas. Cumbias, baladas”. Ciudadanos y oyentes permanecerán ignorantes al cambio de papeles por ambos lados. No notarán la diferencia. Las rosas seguirán siendo rojas, blanca la espuma de una caña.




24/11/09

Miquel Barceló, Las albóndigas

Miquel Barceló presenta su última obra de arte: un plato de albóndigas con tomate. Parecen salidas de un bar de camioneros. Tienen mucha grasa, pero vienen cocinadas por la mano del artista. No voy a pintar más, ni sobre lienzo, ni sobre cúpulas, ni sobre nada. A partir de ahora, voy a plasmar mi forma de ver en el mundo preparando un plato de comida sencillo. Lo expondré en los museos de arte moderno más prestigiosos. Todo cristo lo contemplará. Y nadie se lo podrá comer.

Unas albóndigas con tomate son una comida. Mis albóndigas con tomate brincarán por encima de su esencia misma: el ser comidas. Superado ese obstáculo, se les plantará en los morros (morros de tomate) la valla definitiva: ser basura. Mis albóndigas también se la saltarán, logrando así la meta inalcanzada del ser humano: la inmortalidad. Una inmortalidad en descomposición. Mi Frankestein de carne picada comenzará a adquirir con los años colores, texturas y olores, sobre todo olores, ¡y qué olores! Las moscas entrarán por las rendijas del aire acondicionado del museo de arte moderno de turno y visitarán a manadas mi obra. Al fin mis albóndigas simbolizarán, con su peste y sus hongos, la putrefacción de la raza humana como colectivo.

Un encapuchado indignado burla las normas de seguridad del MoMA, agarra Las albóndigas, las saca del museo y las lanza al primer contenedor que encuentra. Se marcha corriendo con el puño al aire como si celebrara un gol. Al día siguiente, los restauradores más prestigiosos del google earth se reunen en Nueva York para meterse hasta las cejas en todos los contenedores de basura de la gran ciudad. Invadidos por la duda y el asco que les producen los escombros chorreantes de pringue, pero conscientes de su responsabilidad. Ellos tienen la tarea de distinguir entre el arte y la mierda.

06/11/09

El funeral del marido de Amanda

A una compañera de tu trabajo que se llama Amanda, ni muy fea ni muy guapa, sosa en el trato, que pasa desapercibida, que come en el office porque se trae un tupper de casa y lo llama tupperware (aquí hi ha suquet) y de la cual ignoras su vida privada, se le muere su marido.


Comentan tus compañeros que Amanda y su marido formaban un matrimonio joven, veintipocos años, de esos que han querido calcar las estructuras familiares de sus padres en una era diferente, la nuestra, una era sórdida para los matrimonios jóvenes. Ni tú ni nadie del trabajo conocíais a su marido. Un ataque al corazón, mientras dormía, tan joven. Y todos tus compañeros comentan la noticia tal que así: a Amanda se le ha muerto su marido. Usan esta expresión para lograr que sientas más pena por Amanda, pero a ti no te la van a colar. Así que no se ha muerto el marido de Amanda por sí solo, que bastante tendría con lo suyo, no, se le ha muerto a Amanda. Mucho dramatismo mediterráneo veo ahí, Amanda llevándolo en brazos al hospital, melena al viento, el marido moribundo y el gorrilla del parking dándole indicaciones del camino correcto hacia la sala de urgencias.


A Amanda "se le ha muerto su marido", una posesión. El perro, el ficus, el marido. Un hombre que iba por la vida sin documento nacional de identidad, que su nombre estaba integrado en el DNI de su mujer. La nación y la identidad eran asuntos que manejaba Amanda.


Se está comenzando a poner de moda, como contragolpe a las culturas donde tradicionalmente la mujer asume el apellido de su esposo, que sea el hombre el que asuma el de su esposa. Un vuelco, una victoria apabullante del movimiento feminista. En vez de abolir una mala práctica (con lo natural que es que tanto la mujer como el hombre mantengan su propio apellido), convertirla en reversible, cambiarle el sexo. Ay, ay, ay. Ese triunfo es tan lamentable como los premios TP. No lo celebréis como una victoria feminista, por favor. Ese apellido de mujer también lo lleva su señor padre. Los apellidos son unisex.


El hombre sin linaje verdadero carecerá de memoria reciente y acabará por no recordar el apellido con el que firmaba en el colegio. Olvidará su apellido. De tal manera que algún día, cuando un funcionario le pregunte: ¿me podría decir su apellido de soltero?, el hombre desmemoriado, completamente inconsciente ante la idea de que "apellido de soltero" pueda ser una frase con sentido, la confundirá con esta otra: "apodo de soltero". Por lo tanto contestará: "el esponja", "el tirillas" o "el pelopolla", de eso sí se acordará, porque ese apodo no ha encontrado sustituto. De apellido tiene el de su mujer y ya está.


El funcionario escribirá "pelopolla" en un documento oficial del estado, hay una subvención en juego o algo así. El absurdo entrará por vía escrita donde tenía prohibida la entrada (con la misma fuerza silenciosa que una mancha de aceite rojizo en los papeles oficiales de la nueva ley de nosequé, de derechos de nosequién. El portavoz del gobierno en rueda de prensa mostrando el manojo de folios y percibes la presencia de una modesta medalla roja en la blancura del papel: esta ley la hemos firmado en el Parlamento, exactamente en el bar del Parlamento, comiéndonos un buen bocata de chorizo). Y estos brotes inocentes de anarquía contra el funcionariado público, estos pelopollas en documentos oficiales, serán las pocas revoluciones que podrá ejercer el hombre desmemoriado. Revoluciones involuntarias.


Vas al funeral del marido de Amanda. ¿Hay que ir, no? No sientes ninguna pena por Amanda, sino por la muerte de este proto-hombre desmemoriado, este representante todavía poco evolucionado del hombre desmemoriado que está por venir, ya escuchamos sus pisadas si pegamos la oreja a la calzada, el hombre desmemoriado está llegando. Viene haciendo footing.


Cuando el cura ha terminado la performance, llega el momento ese de "dar el pésame". La fórmula socialmente aceptada es decir la frase: "te acompaño en el sentimiento". Pero tus principios te impiden mentir de esa manera tan burda en una iglesia. No tiene nada que ver con religiosidad, tiene que ver con no contribuir a que esa construcción tan magmánima, ese trabajazo gótico, se convierta en un teatrillo cutre de actores de casal de ancianos que van a representar su papel en una obra que ha escrito el dinamizador cultural: El funeral del marido de Amanda.


Basta ya, yo no te acompaño en el sentimiento. Vamos a intentar una revolución pequeña, sí, pero voluntaria. El sentimiento de Amanda es que tenía un proyecto perfecto de hombre desmemoriado, tenía una zombieficación en marcha y se le ha estropeado. Yo no te acompaño en este sentimiento, vete tu sola a tu gabinete de doctora Caligari. ¿Pero algo habrá que decir, no? "Lo siento", no es verdad. "Ánimo", no es adecuado, no es cuestión de alentar a Amanda en sus proyectos de futuro, seguramente abyectos. Estás esperando en la cola de rigor y decides dejar patente en el funeral el absurdo de la expresión "dar el pésame". Dirás simplemente "pésame". Dar las gracias: "gracias". Dar el pésame: "pésame".


- Pésame.


Amanda, la mujer desmemorizadora, suele actuar de manera sofisticada, está integrada en el siglo XXI. Tiene seis cuentas de mail, no es de esas cavernícolas que andan a cuatro patas, aquellas especies cuadrúpedas que encontraron en Turquía (mira la foto, tómate un tentempié antes de llegar al final).

Amanda no contesta "gracias". Responde al "pésame". ¿Y cómo responde? ¿Sacando una pequeña báscula digital que lleva en el bolso, colocándola en el suelo, ordenándote que te coloques sobre ella (no te puedes negar, has sido tú el que ha dicho "pésame") y dicíéndote 68 kilos y 30 gramos? No, amigo. Amanda ha sufrido un pequeño cortocircuito creado por la tensión del momento, está enternecida, blanda, casi viscosa y ha confundido "pésame" con "bésame". Y Amanda va y te besa. En pleno funeral de su marido, Amanda te ha besado con lengua. El cura, los familiares, han visto esa lengua de viuda metiéndose en tu boca. La has cagado, chaval.