06/11/09

El funeral del marido de Amanda

A una compañera de tu trabajo que se llama Amanda, ni muy fea ni muy guapa, bastante sosa en el trato, que pasa bastante desapercibida, que come en el office porque se trae un tupper de casa y lo llama tupperware (aquí hi ha suquet) y que tú no conoces nada de su vida privada, se le muere su marido.


Se comenta que Amanda y su marido formaban un matrimonio joven, veintipocos años, de esos que han querido calcar las estructuras familiares de sus padres en una era diferente, la nuestra, una era sórdida para los matrimonios jóvenes. Ni tú ni nadie del trabajo conocíais a su marido. Un ataque al corazón, mientras dormía, tan joven. Y todos tus compañeros comentan la noticia tal que así: a Amanda se le ha muerto su marido. Usan esta expresión para lograr que sientas más pena por Amanda, pero a ti no te la van a colar. Así que no se ha muerto el marido de Amanda por sí solo, que bastante tendría con lo suyo, no, se le ha muerto a Amanda. Mucho dramatismo mediterráneo veo ahí, Amanda llevándolo en brazos al hospital, melena al viento, el marido moribundo y el gorrilla del parking dándole indicaciones del camino correcto hacia la sala de urgencias.


A Amanda "se le ha muerto su marido", una posesión. El perro, el ficus, el marido. Un hombre que iba por la vida sin documento nacional de identidad, que su nombre estaba integrado en el DNI de su mujer. La nación y la identidad eran asuntos que manejaba Amanda.


Se está comenzando a poner de moda, como contragolpe a las culturas donde tradicionalmente la mujer asume el apellido de su esposo, que sea el hombre el que asuma el de su esposa. Un vuelco, una victoria apabullante del movimiento feminista. En vez de abolir una mala práctica (con lo natural que es que tanto la mujer como el hombre mantengan su propio apellido), convertirla en reversible, cambiarle el sexo. Ay, ay, ay. Ese triunfo es tan lamentable como los premios TP. No lo celebréis como una victoria feminista, por favor. Ese apellido de mujer también lo lleva su señor padre. Los apellidos son unisex.


El hombre sin linaje verdadero carecerá de memoria reciente y acabará por no recordar el apellido con el que firmaba en el colegio. Olvidará su apellido. De tal manera que algún día, cuando un funcionario le pregunte: ¿me podría decir su apellido de soltero?, el hombre desmemoriado, completamente inconsciente ante la idea de que "apellido de soltero" pueda ser una frase con sentido, la confundirá con esta otra: "apodo de soltero". Por lo tanto contestará: "el esponja", "el tirillas" o "el pelopolla", de eso sí se acordará, porque ese apodo no ha encontrado sustituto. De apellido tiene el de su mujer y ya está.


El funcionario escribirá "pelopolla" en un documento oficial del estado, hay una subvención en juego o algo así. El absurdo entrará por vía escrita donde tenía prohibida la entrada (con la misma fuerza silenciosa que una mancha de aceite rojizo en los papeles oficiales de la nueva ley de nosequé, de derechos de nosequién. El portavoz del gobierno en rueda de prensa mostrando el manojo de folios y percibes la presencia de una modesta medalla roja en la blancura del papel: esta ley la hemos firmado en el Parlamento, exactamente en el bar del Parlamento, comiéndonos un buen bocata de chorizo). Y estos brotes inocentes de anarquía contra el funcionariado público, estos pelopollas en documentos oficiales, serán las pocas revoluciones que podrá ejercer el hombre desmemoriado. Revoluciones involuntarias.


Vas al funeral del marido de Amanda. ¿Hay que ir, no? No sientes ninguna pena por Amanda, sino por la muerte de este proto-hombre desmemoriado, este representante todavía poco evolucionado del hombre desmemoriado que está por venir, ya escuchamos sus pisadas si pegamos la oreja a la calzada, el hombre desmemoriado está llegando. Viene haciendo footing.


Cuando el cura ha terminado la performance, llega el momento ese de "dar el pésame". La fórmula socialmente aceptada es decir la frase: "te acompaño en el sentimiento". Pero tus principios te impiden mentir de esa manera tan burda en una iglesia. No tiene nada que ver con religiosidad, tiene que ver con no contribuir a que esa construcción tan magmánima, ese trabajazo gótico, se convierta en un teatrillo cutre de actores de casal de ancianos que van a representar su papel en una obra que ha escrito el dinamizador cultural: El funeral del marido de Amanda.


Basta ya, yo no te acompaño en el sentimiento. Vamos a intentar una revolución pequeña, sí, pero voluntaria. El sentimiento de Amanda es que tenía un proyecto perfecto de hombre desmemoriado, tenía una zombieficación en marcha y se le ha estropeado. Yo no te acompaño en este sentimiento, vete tu sola a tu gabinete de doctora Caligari. ¿Pero algo habrá que decir, no? "Lo siento", no es verdad. "Ánimo", no es adecuado, no es cuestión de alentar a Amanda en sus proyectos de futuro, seguramente abyectos. Estás esperando en la cola de rigor y decides dejar patente en el funeral el absurdo de la expresión "dar el pésame". Dirás simplemente "pésame". Dar las gracias: "gracias". Dar el pésame: "pésame".


- Pésame.


Amanda, la mujer desmemorizadora, suele actuar de manera sofisticada, está integrada en el siglo XXI. Tiene seis cuentas de mail, no es de esas cavernícolas que andan a cuatro patas, aquellas especies cuadrúpedas que encontraron en Turquía (mira la foto, tómate un tentempié antes de llegar al final).

Amanda no contesta "gracias". Responde al "pésame". ¿Y cómo responde? ¿Sacando una pequeña báscula digital que lleva en el bolso, colocándola en el suelo, ordenándote que te coloques sobre ella (no te puedes negar, has sido tú el que ha dicho "pésame") y dicíéndote 68 kilos y 30 gramos? No, amigo. Amanda ha sufrido un pequeño cortocircuito creado por la tensión del momento, está enternecida, blanda, casi viscosa y ha confundido "pésame" con "bésame". Y Amanda va y te besa. En pleno funeral de su marido, Amanda te ha besado con lengua. El cura, los familiares, han visto esa lengua de viuda metiéndose en tu boca. La has cagado, chaval.

28/10/09

El niño de Cacaolat
















Vuelves a casa escuchando la radio mientras consuces. Dan El Larguero. Al presentador, José Ramón de la Morena, no se le oye. El que habla es un colaborador:

- Y estos han sido los resultados de Copa del Rey que se han disputado hoy. Pero la noticia está en el empate a cero L'Hospitalet - Gramenet, partido de ida de los treintaidosavos de final, que comentábamos en el programa de ayer. El derby extrarradio de Barcelona, el sur contra el norte, L'Hospitalet de Llobregat contra Santa Coloma de Gramanet terminó con unos incidentes muy desagradables. Los jugadores de ambos equipos se enzarzaron en una tangana, un jugador del Hospitalet agredió a otro de la Grama (piensas en esta rima inédita: tangana, Grama). El árbitro Chocho Pérez (piensas, no puede ser verdad, ha dicho Chocho Pérez y José Ramón de la Morena también lo ha pensado, no ha dicho nada pero ha emitido un carraspeo, no ha dicho nada porque la noticia es muy seria, pero el tío se ha reído por dentro con lo de Chocho Pérez, ¡el Chocho Pérez! y José Ramón va y carraspea, qué cachondo José Ramón hasta en los momentos más tensos) del colegio castellano-manchego, creyó que el autor del puñetazo (un puñetazo de autor) fue Gerónimo, cuando realmente el agresor fue Paco Amigo. El árbitro apuntó en el acta que el autor del puñetazo fue Gerónimo. La sanción del comité deportivo anti-violencia le va a caer a él y no a Paco Amigo. Pero la noticia no acaba aquí. Las aficiones de ambos equipos comenzaron a insultarse y a lanzarse objetos, botellas, latas, algún que otro paraguas. Tuvieron que intervenir los Mossos de Esquadra (escuadra y cartabón en mano), que ordenaron desalojar el campo en dos bandos: los de la Grama por el norte, los de l'Hospi por el sur. (Los Mossos d'Esquadra siempre respetando las posiciones geográficas de la gente y actuando en consecuencia, la escuadra para mesurar y el cartabón para pinchar). Los enfrentamientos continuaron en el bar Esportiu situado en los aledaños del estadio municipal, a eso de la medianoche, y una mujer aficionada de la Grama, fue herida con arma blanca (piensas en un cuchillo muy blanco, con el mango blanco, como de nácar, con la hoja de la navaja pintada de blanco también, blanco brillante) por parte de un hombre presuntamente aficionado a l'Hospi (¿cómo se podría demostrar en un juicio si eres libre de ser ajusticiado como aficionado a l'Hospi? Tú tienes la presunción de inocencia, eres un hombre presuntamente aficionado a l'Hospi, ¿cómo demuestras que no lo eres, suponiendo que ser aficionado a ese equipo de fútbol pudiera ser considerado delito? No soy socio, tampoco hay vídeos en que se me vea celebrando un gol, no llegan las cámaras a la tercera división) Los testigos que habían viajado en autobús desde Santa Coloma para ver a la Grama con la mujer que acabó herida han identificado al autor de la puñalada como "el jugador que fue expulsado en el partido". De manera que esa misma noche, la policía, tomando como prueba por un lado la declaración de los testigos y por otro el acta del partido firmada por el árbitro Chocho Pérez, se planta en casa de Gerónimo, despierta a sus padres, sus padres despiertan a Gerónimo (Gerónimo tiene un sueño muy profundo, es de esos que cuando los despiertas se dan un susto muy bestia, los arrancas de una dimensión muy remota, por lo que no pueden evitar emitir un grito de pavor a volumen desorbitado. Gerónimo lleva pantalones de pijama azul marino y una camiseta de Cacaolat, amarilla, con las letras de Cacaolat en marrón, que le copiaron el tipo de letra a las de la Coca-cola y encima de la palabra Cacaolat está el niño de Cacaolat, repeinado, con un maletín en una mano y con la otra echándose al hombro una botella escandalosamente gigante de Cacaolat, que si la pusieran de pie superaría las dimensiones del propio niño, sin embargo el niño de Cacaolat se ríe eternamente) y a Gerónimo lo esposan y se lo llevan en un furgón. Hoy ha dormido en el cuartelillo. Tenemos con nosotros, en exclusiva para El Larguero, desde el centro penitenciario de l'Hospitalet, a Gerónimo.

- Gerónimo, buenas noches (toma la voz cantante, José Ramón de la Morena, con su acento proto-chanante).

- Buenas noches, por decir algo (Gerónimo tiene una voz joven y de acento charnego).

- No lo dudo, Gerónimo. No lo dudo. Muchas gracias por concedernos esta entrevista, de verdad.

- Es que sois el mejor programa de fútbol que hay. Molan mucho los debates que montáis, ahí, que os decís de todo y después tan amigos.

- Se agradecen los halagos. Hoy has dormido en el calabozo por una agresión que tú no cometiste, ¿verdad?

- Verdad de la buena, además. Yo no he pegado un puñetazo nunca en un campo de fútbol, yo el fútbol lo juego para disfrutar, tocando la pelota rápido, dando asistencias, marcando algún que otro golito de fuera del área. Soy bueno, en verano quiero hacer la prueba para entrar en el Barça.

- Sí, Gerónimo, pero yo a lo que me venía a referir es a la agresión a la aficionada de la Grama, una agresión que ha dado con tus huesos en la cárcel.

- Ya, pero eso está claro que no he sido yo. A esas horas yo estoy en mi casa, porque me estoy sacando el carnet de preparador físico y ya no me junto con los colegas a beber birras ni nada de eso.

- Pero los aficionados de la Grama han identificado al autor de esa agresión como el jugador que expulsaron en el partido. Por tanto, si no se referían a ti, que fuiste el expulsado erróneamente, se referían al autor real de la agresión: Paco Amigo.

- Ya. Si es que los aficionados tienen más vista que el árbitro. O sea que todo el público lo vio claro, hasta los de la Gramanet se dieron cuenta que mi compañero Paco Amigo fue el que pegó el puñetazo, que él es así más vehemente, ¿no?, con más nervio, un tío más viejo que yo, un veterano de la tercera división catalana, un tío de vuelta de todo, Paco Amigo, no es la primera vez que pega un puñetazo. Y el público vio claro y meridiano que el puñetazo lo había dado él y no yo, ni se fijaron en que el árbitro me expulsó a mí y no a él. El partido había acabado. La bronca vino cuando el árbitro ya había pitado el final. Ni siquiera hizo el gesto ese de enseñarme la tarjeta roja., ¿sabes? Tampoco intentó separarnos. El tío se limitó a dar la orden de entrar a los Mossos y en su puta cabeza le dio por apuntar que el autor de la agresión había sido yo. No había visto nada, seguro. Habló con el línier y este estaba en la otra punta, peor aún. No sé, no tengo ni puta idea, apunta a Gerónimo, que está por ahí enmedio. Y apuntaron Gerónimo. Lo escribió con jota, seguro, el muy payaso. Y yo me llamo Gerónimo con ge, no con jota.

- Entonces estás apuntando como culpable del acuchillamiento a tu compañero de equipo, Paco Amigo.

- Yo no apunto nada de eso, José Ramón. Aquí el único que apunta es el árbitro y apunta mal. Yo estoy acusando a Paco Amigo del puñetazo al jugador de la Grama.

- Vamos a ver, Gerónimo, para que el radioyente no se nos pierda. Si los aficionados de la Grama acusan del acuchillamiento de la mujer al jugador que fue expulsado, o bien te están acusando a ti o bien están acusando a Paco Amigo. Si tú me estás confirmando que tú no estabas en ese bar, entonces me vienes a decir que los aficionados de la Gramanet están acusando a Paco Amigo.

- Ya, pero ese no es mi problema, yo no tengo nada que ver con esa gente de Santa Coloma que vienen aquí a inflarse a birras después del partido y a pelearse como borrachos de bar, que es lo que son. Yo no bajo a ese mundo, ¿sabes? Yo hace tiempo que no pruebo ni los porros ni la cerveza. No se me va la olla, no me meto en bullas, no acuso a nadie de cuchillazos.

- Gerónimo, esta noche hemos querido entrevistar también a Paco Amigo, pero tiene el móvil desconectado desde el día del incidente. Ningún periodista ha podido contactar con él. Se comenta por el Hospitalet que Paco Amigo ha huido.

- No sé, yo estoy en la cárcel.

- Dices que Paco Amigo era violento.

- Con mucho genio, sí.

- Y algún puñetazo, que había soltado ya.

- Sí, pero siempre a malas personas. Paco Amigo siempre pega puñetazos selectivos.

- Pero eso no se puede hacer en un deporte.

- No, está muy mal. Yo siempre se lo digo, que se calme. Pero tiene un stress muy fuerte. Es mecánico, no vive del fútbol. Y últimamente tiene muy pocos clientes en el taller, parece que la peña ha dejado de comprar coches. Y Paco Amigo está muy nervioso. Va muy mal de pasta, porque paga el alquiler del taller, que los alquileres de talleres son carísimos aquí en el Hospitalet. Y a veces pues descarga toda esa rayada personal en el fútbol. Y está muy mal, eso, yo se lo digo.

- Todo eso que comentas lo apunta como principal sospechoso del acuchillamiento, perdona que te diga.

- No, ahí no me has sabido pillar, José Ramón. Paco Amigo es un amigo para mi, y yo sé que él se desfoga en el fútbol, dando puñetazos a malas personas, pero fuera del campo es un tío de puta madre, que no va dando cuchilladas por ahí.

- Estás diciendo, que Migueláñez, el jugador de la Gramanet, el que recibió el puñetazo es una mala persona. ¿Por qué opinas así?

- Porque se le ve. El Miguel Ángel ese es de los que...

- Migueláñez, no Miguel Ángel. El se llama Guillermo Migueláñez. No Miguel Ángel.

- Ah, vale, es que le vi el nombre en la parte de atrás de la camiseta sin fijarme mucho, lo leí por encima y me creía que ponía Miguel Ángel. Pero bueno, que el tío es una mala persona. Es de los que entran al campo a liarla. Estuvo todo el partido diciéndonos que las putas negras de l'Hospitalet nos estaban esperando en casa, con el bistec con patatas preparado. Como que las prostitutas africanas eran nuestras madres. Esa clase de tío.

- Vaya, ¿eso decía? De todas maneras nos estamos desviando de lo que te ha llevado a dormir entre rejas. Quiero decir que pareces más preocupado de que no te sancione el comité de disciplina deportiva que de salir de la cárcel.

- Es que me da mucha más rabia lo del árbitro que lo de la policía.

- Ya, pero al fin y al cabo la sanción, si la federación no enmienda el error del árbitro, puede ser de 12 partidos sin jugar, como máximo. Nada comparado con los años encerrado que te podría suponer la acusación de un acuchillamiento si esa mujer acaba muriendo. Porque está ingresada en estado grave, Gerónimo.

- Yo lo que quiero es que se haga justicia y que se reconozca que yo no he dado un puñetazo nunca en un campo de fútbol. Porque yo quiero hacer la prueba en junio con el Barça y no quiero esa mancha en mi carrera de futbolista profesional.

- Peor mancha será la de la cárcel, ¿no?

- Las manchas de la cárcel son cosas personales, no profesionales. En mi barrio he conocido a mucha peña que ha estado enchironada, tanto culpables, como inocentes. Y son etapas que tarde o temprano vives, en este barrio. Pero en tu profesión no, José Ramón. Yo soy un currante del fútbol.

- Gerónimo, parece que lo que quieres es que te quiten la sanción y que por lo tanto dejes de ser el que jugador que expulsaron en el partido al que han identificado los hinchas de la Grama. Pero eso supondría, seguramente, cárcel para tu amigo Paco Amigo.

- ¿Cárcel por parecerse de cara a un colgao que ha dado una cuchillada a una mujer? Eso es muy duro, José Ramón. Eso es como si yo te digo a ti que te pareces a Serafín Zubiri y te pido que me cantes Todo Esto es la Música.

- ¿Crees que me parezco a Serafín Zubiri?

- Sí, una mijilla. En los ojos, que los tienes como de ciego, así un poco idos. Pero te lo digo como un piropo, eh. Mi hermano Cochise es muy fan de Serafín Zubiri. Nos lo ponemos en el youtube y cantamos Todo Esto es la Música, el vídeo de cuando actuó en Eurovisión, que era como el Stevie Wonder pero en blanco, con el piano blanco, también, el muy artista. Y lo cantamos a grito pelado. Aprovecho para saludarlo, a mi hermano, que sé que me estará escuchando. Hola, Cochise.

- ¿Tu hermano se llama Cochise?

- Sí, mi padre estaba obsesionado con las películas de vaqueros. Pero no le molaban los vaqueros, John Wayne y todos esos notas vestidos con tejanos. Le molaban los indios. Por eso nos puso nombres de indios apaches: Gerónimo y Cochise.

Suena Todo Esto es la Música de Serafín Zubiri (menuda canción enfermiza, de ciego con demasiadas perversiones asociadas a lo táctil, yo te toco, tú me tocas: todo esto es la música que rodea tu cuerpo, solo este momento te llena de felicidad y todo esto es la música que llevo tan dentro de mí, el recuerdo para ser sincero, es por ti). Apagas la radio, has encontrado plaza de aparcamiento cerca de casa. Subiendo a casa piensas en el árbitro, Chocho Pérez, todo de negro, con cara de chocho y un silbato rojo, pip, arbitrando a su capricho, ahora te expulso a ti, pip, el puñetazo lo pega otro pero te expulso a ti, pip, tarjeta roja como el silbato. En realidad nunca llegó a sacar la tarjeta roja, pero tú te lo imaginas con su cara de chocho enseñando su tarjeta roja a diestro y siniestro, al público, uno por uno, y acaba el partido y se pasea vestido de árbitro por l'Hospitalet y va pitando y mostrando su tarjeta roja a todo el que lo mira mal, ¿cómo no lo vas a mirar mal, con esa cara de chocho, con ese pito rojo que vendría a ser el clítoris o qué sé yo? Cuando cruza un paso de zebra, pip, a los taxistas también, pip, tarjeta roja. Y llega al bar y se topa con una nueva tangana, esta vez callejera y no futbolística, se acerca a la mujer acuchillada y le muestra la tarjeta roja, pip, la mujer tiene una corona de sangre debajo de las tetas y Chocho Pérez se mantiene rígido, mirándola con desdén, con cara de venga, venga, no hagas cuento y le enseña la tarjeta roja, pip. Después se saca su libreta del bolsillo de la camiseta negra y se apunta que el expulsado, el único expulsado de su performance de expulsiones y pitidos eres tú. El antojo del árbitro. Chocho Pérez representa la arbitrariedad del destino humano, un Dios que parte y reparte mirando las cosas superficialmente, como el que pasea por calles poco iluminadas de l'Hospitalet porque todas las farolas se las lleva el centro de Barcelona y expulsando al que le venga en gana, pip, a ti, que no me gusta la manera en que caminas, caminas encorvado, pip, expulsado, el niño de Cacaolat, pip, expulsado, qué repelente el niño de Cacaolat, lo expulso, pip, y el niño no puede soportar la presión y la botella gigante y pesada se le cae encima y lo aplasta. Luego vendrá una grúa para retirar la botella que pesa como un coche y el niño de Cacaolat, chafado, se habrá convertido en un gran manchurrón de batido de cacao, tú te acercarás a contemplar la escena y en ese charco marrón descifrarás la sonrisa de un niño, el niño de Cacaolat.