A una compañera de tu trabajo que se llama Amanda, ni muy fea ni muy guapa, sosa en el trato, que pasa desapercibida, que come en el office porque se trae un tupper de casa y lo llama tupperware (aquí hi ha suquet) y de la cual ignoras su vida privada, se le muere su marido.
Comentan tus compañeros que Amanda y su marido formaban un matrimonio joven, veintipocos años, de esos que han querido calcar las estructuras familiares de sus padres en una era diferente, la nuestra, una era sórdida para los matrimonios jóvenes. Ni tú ni nadie del trabajo conocíais a su marido. Un ataque al corazón, mientras dormía, tan joven. Y todos tus compañeros comentan la noticia tal que así: a Amanda se le ha muerto su marido. Usan esta expresión para lograr que sientas más pena por Amanda, pero a ti no te la van a colar. Así que no se ha muerto el marido de Amanda por sí solo, que bastante tendría con lo suyo, no, se le ha muerto a Amanda. Mucho dramatismo mediterráneo veo ahí, Amanda llevándolo en brazos al hospital, melena al viento, el marido moribundo y el gorrilla del parking dándole indicaciones del camino correcto hacia la sala de urgencias.
A Amanda "se le ha muerto su marido", una posesión. El perro, el ficus, el marido. Un hombre que iba por la vida sin documento nacional de identidad, que su nombre estaba integrado en el DNI de su mujer. La nación y la identidad eran asuntos que manejaba Amanda.
Se está comenzando a poner de moda, como contragolpe a las culturas donde tradicionalmente la mujer asume el apellido de su esposo, que sea el hombre el que asuma el de su esposa. Un vuelco, una victoria apabullante del movimiento feminista. En vez de abolir una mala práctica (con lo natural que es que tanto la mujer como el hombre mantengan su propio apellido), convertirla en reversible, cambiarle el sexo. Ay, ay, ay. Ese triunfo es tan lamentable como los premios TP. No lo celebréis como una victoria feminista, por favor. Ese apellido de mujer también lo lleva su señor padre. Los apellidos son unisex.
El hombre sin linaje verdadero carecerá de memoria reciente y acabará por no recordar el apellido con el que firmaba en el colegio. Olvidará su apellido. De tal manera que algún día, cuando un funcionario le pregunte: ¿me podría decir su apellido de soltero?, el hombre desmemoriado, completamente inconsciente ante la idea de que "apellido de soltero" pueda ser una frase con sentido, la confundirá con esta otra: "apodo de soltero". Por lo tanto contestará: "el esponja", "el tirillas" o "el pelopolla", de eso sí se acordará, porque ese apodo no ha encontrado sustituto. De apellido tiene el de su mujer y ya está.
El funcionario escribirá "pelopolla" en un documento oficial del estado, hay una subvención en juego o algo así. El absurdo entrará por vía escrita donde tenía prohibida la entrada (con la misma fuerza silenciosa que una mancha de aceite rojizo en los papeles oficiales de la nueva ley de nosequé, de derechos de nosequién. El portavoz del gobierno en rueda de prensa mostrando el manojo de folios y percibes la presencia de una modesta medalla roja en la blancura del papel: esta ley la hemos firmado en el Parlamento, exactamente en el bar del Parlamento, comiéndonos un buen bocata de chorizo). Y estos brotes inocentes de anarquía contra el funcionariado público, estos pelopollas en documentos oficiales, serán las pocas revoluciones que podrá ejercer el hombre desmemoriado. Revoluciones involuntarias.
Vas al funeral del marido de Amanda. ¿Hay que ir, no? No sientes ninguna pena por Amanda, sino por la muerte de este proto-hombre desmemoriado, este representante todavía poco evolucionado del hombre desmemoriado que está por venir, ya escuchamos sus pisadas si pegamos la oreja a la calzada, el hombre desmemoriado está llegando. Viene haciendo footing.
Cuando el cura ha terminado la performance, llega el momento ese de "dar el pésame". La fórmula socialmente aceptada es decir la frase: "te acompaño en el sentimiento". Pero tus principios te impiden mentir de esa manera tan burda en una iglesia. No tiene nada que ver con religiosidad, tiene que ver con no contribuir a que esa construcción tan magmánima, ese trabajazo gótico, se convierta en un teatrillo cutre de actores de casal de ancianos que van a representar su papel en una obra que ha escrito el dinamizador cultural: El funeral del marido de Amanda.
Basta ya, yo no te acompaño en el sentimiento. Vamos a intentar una revolución pequeña, sí, pero voluntaria. El sentimiento de Amanda es que tenía un proyecto perfecto de hombre desmemoriado, tenía una zombieficación en marcha y se le ha estropeado. Yo no te acompaño en este sentimiento, vete tu sola a tu gabinete de doctora Caligari. ¿Pero algo habrá que decir, no? "Lo siento", no es verdad. "Ánimo", no es adecuado, no es cuestión de alentar a Amanda en sus proyectos de futuro, seguramente abyectos. Estás esperando en la cola de rigor y decides dejar patente en el funeral el absurdo de la expresión "dar el pésame". Dirás simplemente "pésame". Dar las gracias: "gracias". Dar el pésame: "pésame".
- Pésame.
Amanda, la mujer desmemorizadora, suele actuar de manera sofisticada, está integrada en el siglo XXI. Tiene seis cuentas de mail, no es de esas cavernícolas que andan a cuatro patas, aquellas especies cuadrúpedas que encontraron en Turquía (mira la foto, tómate un tentempié antes de llegar al final).

Amanda no contesta "gracias". Responde al "pésame". ¿Y cómo responde? ¿Sacando una pequeña báscula digital que lleva en el bolso, colocándola en el suelo, ordenándote que te coloques sobre ella (no te puedes negar, has sido tú el que ha dicho "pésame") y dicíéndote 68 kilos y 30 gramos? No, amigo. Amanda ha sufrido un pequeño cortocircuito creado por la tensión del momento, está enternecida, blanda, casi viscosa y ha confundido "pésame" con "bésame". Y Amanda va y te besa. En pleno funeral de su marido, Amanda te ha besado con lengua. El cura, los familiares, han visto esa lengua de viuda metiéndose en tu boca. La has cagado, chaval.