1
Si alguna vez hubiera podido asistir a una conferencia de los autores de Superman, no se me hubiera ocurrido esperarlos al final del acto para comprobar si se marchaban volando. En cambio, de Vila-Matas, uno espera que se comporte como el personaje que protagoniza sus novelas: el escritor que responde al nombre de Vila-Matas. Así que me esperé. Y no me defraudó. Semanas más tarde, en una conversación que mantuvo en el teatro Romea de Barcelona con el cineasta y escritor Gonzalo Suárez, a éste se le ocurrió comentar, en tono campechano, que ambos no dejan de ser personas corrientes que, al sentir un apretón, buscan con premura un toilette. Vila-Matas le interrumpió de golpe. «Escatología aparte, querido amigo, eso no es así y tú lo sabes. Nuestra mirada hacia el comportamiento humano es cualquier cosa menos corriente. Y cuanto más pasa el tiempo, más se encrudece, más marciano me siento». En serio: solo le faltó salir volando.
Vila-Matas no se desprende del disfraz en ningún acto público. Y no me refiero a sus elegantes trajes de dandi –o más bien de shandy–. Hablo de su personaje. Comentario aparte merecen sus miradas, de sabio Peeping Tom, de entrenado vouyeur. Cruzamos unas cuantas, créanme. Oh, sí, sé bien que se acordaba de mí. De unas semanas atrás, en otra charla pública. El día en que conocí a Enrique Vila-Matas.
2
El jueves 4 de noviembre de 2011, cuando pocos lo esperaban, la novela París no se acaba nunca (Anagrama, 2003) regresó a la actualidad informativa. Sucedió en el museo Picasso de Barcelona, en una charla de Enrique Vila-Matas, ligada a la exposición Devorar París. Picasso 1900-1907. En el mundillo literario solo se acostumbran a celebrar actos con escritores predispuestos a hablar sobre su última publicación. De modo que entendí que aquel acto, convocado ocho años después de una obra absolutamente maravillosa con la presencia del autor, suponía una excepción de obligada asistencia. Me enfundé la americana más parisina que encontré en el armario y me personé en el museo.
Sus manos. Menuda broma fantástica. Si alguna vez tuvieran la oportunidad de acudir a uno de los escasos actos públicos en los que Vila-Matas se deja ver, no olviden fijarse en sus manos. Nunca había visto a un sexagenario con manos de niño. Unos dedos tan brillantes, tan afilados, eternamente jóvenes. Y no es una metáfora. No sé si se aplica cremas hidratantes, o se las baña en refinados aceites, o qué demonios hace, pero a fe que esas manos a contracorriente del tiempo no se corresponden con su edad real.
¿Realidad o ficción? Vila-Matas se autocondenó a esta interrogación perpetua. Y le encanta. Son tantas sus bellas mentiras, sus falsas citas atribuidas a enormes escritores de lo mínimo, su capacidad de inyectar verosimilitud a la invención, que siempre alguno le acaba pidiendo cuentas por todo ello. Algunos despistados llegaron a dudar, en la ronda de preguntas, sobre la existencia de La asesina ilustrada, título disponible en cualquier librería de Barcelona. Una novela ideada durante los dos años que pasó en Francia y que, en París no se acaba nunca, le sirve para expresar la inseguridad universal del cachorro que desea ser escritor y para reírse de su propia figura con refinada ironía y sentido del humor. Mi gran descubrimiento en aquella tarde de noviembre fue que, en la vida real, Vila-Matas se ríe como un marciano. Aprieta mucho la boca como si la risa fuera un gas que debe mantener en el fondo del cuerpo y tenga miedo a quedarse sin.
Sobre sus juegos de citas, Vila-Matas confesó que la traductora de sus obras al inglés lo pasa fatal, metro arriba, metro abajo, visitando las bibliotecas donde poder dictaminar cuáles de sus citas son verdaderas y cuáles no. Su traductor en París, en cambio, se ha vilamatizado tanto que ya las traduce tal y como el autor las formuló. De modo despreocupado, distinguido. Y afrancesado, claro, de lo contrario para qué pagarle. Francia es el país donde más se valora la literatura de Vila-Matas. Mientras que en España Chet Baker piensa en su arte (DeBolsillo, 2011) está pasando algo desapercibida por haberse editado junto a otros textos no recientes, en el mercado francés se ha publicado como nouvelle autónoma y está generando un debate crítico sobre el rumbo de la literatura en lo años venideros, según palabras del autor. No es de extrañar que Vila-Matas aprovechara este dato para definirse como «un escritor francés que escribe en español».
«Duchamp es el único mito que aún no se me ha caído», confesó, «no he encontrado un Duchamp en literatura». «¿Tal vez Borges?», propuso el escritor Jorge Carrión, conductor del acto. “Eso está bien visto. Entonces, el Duchamp de la literatura es Borges». En París no se acaba nunca, Vila-Matas cuenta que asistía a conferencias de Borges o de Perec para verlos de verdad. Se quedaba hasta el final del acto y los espiaba. En un capítulo, escribe que se quedó frente a frente con Perec y este le espetó: «El mundo es grande, joven».
La charla terminó, el público abandonó la sala poco a poco, y yo me quedé espiando a Vila-Matas. Me disparó unas cuantas miradas a lo Johnny Guitar. Cuando al fin nos quedamos solos, él, yo y una encargada del museo, se me ocurrió sacar del maletín mi edición de bolsillo de París no se acaba nunca. Aquel día el autor no deseaba firmar ejemplares pero el libro era lo que tenía más a mano para disimular mi tarea de espionaje. Vila-Matas observó esa anomalía –un falso espía imitando sus andanzas pasadas– y reaccionó comentándome en voz alta: «Te has colado». Me dibujó un shandy con gabardina y sombrero.
3
Si algún medio serio publicara esta crónica, quizá la terminaría donde escribí sombrero (Chapeau!).
Desempleado pero no indiferente, debo añadir aquí que la encargada del museo se me quedó mirando con una sonrisa picassiana, mezcla rara de inquisición y ternura. Me puso de los nervios. Algo tenía que decirle a esa desconocida para no quedar como un autista, ante ella y Vila-Matas. «Quería verlo de verdad», me salió. Fui yo el primer sorprendido de mi ingenio.
Quizá carezca de futuro y nunca vaya a ser capaz de acceder a las imágenes primeras de mi pasado, pero ya puedo contar que en una ocasión intertextualicé con Vila-Matas. «Y es bastante más de lo que jamás soñaríais en mil vidas», cantaba Nacho Vegas en El hombre que casi conoció a Michi Panero.
Marcos Jávega