
“Pelirroja! Esta noche, baile de despedida en el Bugulú!”.
Era ya el sexto sms del mismo estilo que Rosa recibía esa noche. Pero a Rosa no le gustan las despedidas y había decidido no salir de marcha. Al día siguiente volaría de Palma a Estocolmo, donde le esperaban dos meses de cursillo de auxiliar de vuelo para poder ejercer durante todo el verano. Llevaba una temporada en el paro, y Adela la había llamado para saber si podía contar con ella esa noche como canguro. Un poco de dinero extra para encarar su periplo sueco le vendría que ni pintado. Adela confiaba en Rosa para cuidar de su hijo Damià. Durante su infancia y adolescencia, Adela y Rosa fueron vecinas pero nunca amigas. Eran los tiempos en que dos años de diferencia resultan una distancia sideral: para Rosa, Adela fue siempre de la pandilla “de las mayores”. Pero a los padres de Rosa y Adela les unía una cierta amistad, ese tipo de amistad que surge en las casas residenciales de zonas costeras. En Cala Gamba, decir vecinos era decir amigos, era decir cenas en la terraza cada fin de semana, barbacoas y bañadores de uso comunitario. Adela fue siempre “de las mayores” y así ejerció: casada a los 26, un hijo a los 28, vida calcada a la de sus padres a los 30. Rosa no había seguido en cambio ese camino: 28 años y cero ganas de novios formales. Mañana vuela a Estocolmo para asentarse al menos en un trabajo fijo. Piensa: a Estocolmo, esto es el colmo. Y ahí la tienes en casa de Adela y Florenci, fumándose un porro con las ventanas bien abiertas y el niño bien dormido.
Para entretener al niño, Rosa se había llevado una colección de bigotes falsos que su amigo Gerard le había traído del Museo de Arte Visionario de Baltimore. Bigote de estrella de cine, bigote de villano, bigote de músico, bigote de director, bigote de estafador. Ni uno había entretenido al niño, que se pasó la tarde-noche enchufado al DVD de Monstruos S.A. Damià, que ya controlaba a la perfección aquel aparato, no ve Monstruos S.A. de la manera lineal en que se proyectó en los cines cuando él aún no había nacido. Damià salta siempre directo a la escena final y es capaz de contemplarla unas seis veces seguidas. A veces, intercala la escena final, que se sabe de memoria, con los trailers de otras películas que incluye el DVD. Siempre se duerme con el mando a distancia en la mano.
Rosa se aburre y enciende el ordenador de Florenci. No lo conoce mucho, a Florenci. Sabe por su madre que es un reputado abogado, especialista en asuntos inmobiliarios. Reputado, qué palabra. Sabe por las veces que lo ha visto y las fotos que adornan su casa que siempre ha lucido una barba muy cuidada, recortada, nunca frondosa. Sabe por la colección de discos del salón que se compra CDs originales. Smiths, James, Happy Mondays, mucho brit de los 80. Y de ahora Arcade Fire, Radiohead y el cara pan de Keane. Rosa es mod, por lo que pasa bastante de los últimos gritos musicales, pero le hace gracia que todo un abogado de prestigio escuche música al margen de la radiofórmula. Rosa clica el explorer y se dispone a consultar su blog. Es cuando comprueba que su dirección está marcada en las páginas visitadas. Mi blog en las páginas visitadas de Florenci, piensa. Arrebatada, abre la carpeta “mis imágenes” y en “mis imágenes”, la carpeta “fotos florenci”. Es cuando descubre que Florenci ha recopilado todas y cada una de las fotos que Rosa ha ido colgando en su blog desde hace dos o tres años. Rosa con sus amigas, Rosa posando, Rosa bailando. Rosa va muy fumada y ahora suda, y ahora piensa en salir corriendo de allí, en llamar a la policía, y al momento se dice: pero qué dices, Rosa, las fotos son de dominio público, no está haciendo nada denunciable, lo sabrá él, el muy abogado. Reputado. A Rosa ahora le entra la risa floja. Se prueba los bigotes frente al enorme espejo del recibidor. Se hace autofotos (todo un género). Saca de su bolso el cable USB de la cámara, lo conecta al ordenador de Florenci y deposita en la carpeta “fotos florenci” una nueva imagen: Rosa la pelirroja con un bigote negro, el bigote de estafador, posando esta vez en el chalet de Adela y Florenci.
En Estocolmo, Rosa se esfuerza en olvidar el incidente. Asiste regularmente al cursillo, fuma en la calle para que el sistema antihumos del hotel no la delate, se compra vinilos exclusivos de los 60 y hasta se interesa por un nuevo grupo sueco: Irene, porque le recuerda a su madre, que también se llama Irene, que ahora la llama al móvil y le dice que Adela y Florenci se han divorciado. Y cuelga después de decirle abrígate y desayuna algo más que un café. Aunque estés en Estocolmo, es fácil seguir la actualidad de tu tierra desde internet. Rosa entra en las webs de los diarios de Mallorca, descubre que Florenci es el reputado abogado que lleva el caso del último alcalde imputado por especulación inmobiliaria. Y lo que le desquicia no es eso. Lo que le desquicia es que, en su foto más reciente, Florenci ya no luzca barba sino un fino y elegante bigote de estafador.
(Ficción, Marcos Jávega, 2008)
2 comments:
Hoola Jávega!
como va tó? No se si estarás al tanto, pero por si a caso:
http://www.tmbpledhistories.com/mail/mail_es.htm
Los retrasos en el metro, las averías y demás no son casualidad, NO. Todo forma parte de un plan para fomentar la lectura.
Ah!Felicidades por el Radiocassette!
Un abrazo.
per fi m'he llegit el bigote, está guai, pero pon más anda...
Publicar un comentario en la entrada