
Buddy Holly no está muerto. Tiene 71 años y vive en Mallorca, exactamente en un pueblo de interior llamado Consell (Consejo, traducido al cervantino). Así lo asegura Charles Hardin, uno de los yanquis con un puesto en el mercadillo de Consell y poseedor de algunas antigüedades que déjate tú de Notting Hill. La primera vez que me lo comentó con su gracioso acento tejano y chapurreando palabras en catalán fue cuando me desplacé hasta el pueblo para escribir un reportaje sobre las fabulosas piezas de coleccionista que se pueden encontrar en el mal llamado baratillo. Trabajo para un colorista diario local y en principio el testimonio del señor Hardin solo me iba a ocupar un apartado, el destinado a las anécdotas, lo que mi editor llama “esos ‘frikis’ que siempre se acercan a ti”.
Pocos días antes de tener listo el reportaje que debía titularse “El Mercadillo de Consell”, me volví a encontrar al señor Hardin, esta vez en un céntrico bar de Palma, a eso de las nueve de la noche. Era la “Nit de l'Art”, que es como la “Noche en Blanco” madrileña, solo que en Palma se celebra con menor repercusión mediática desde hace más de una década. Siendo esa noche la única en que los palmesanos se parecen a seres sociables, me empapé del clima general y aproveché para seguir tirando de la lengua al histriónico y enigmático Hardin, más por reírme un rato que por interés documental. Se estaba comiendo un panecillo “llonguet” con tortilla de patatas y con una entonación parecida a la de Aznar cuando reposaba los pies en la mesa de la familia Bush me dijo: “esta es la única obra de arte que se puede disfrutar esta noche”. Tal aseveración me clarificó que Hardin no era un loco, o no solamente un loco. Además, reconozco que sus gruesas patillas blancas me despertaban más simpatía que toda la ristra de caminantes comedores de canapés de museo en museo. A él también le gustaron mis patillas, que interpretó como una versión joven e inocente de las suyas. Una ronda de cañas bastó para que se explayara.
Según Hardin, Buddy Holly no murió en el famoso accidente de avioneta junto a los también músicos Big Bopper y Ritchie Valens, que sí fallecieron. El cadáver que se atribuyó a Buddy Holly sería en realidad el del batería de su banda, al que le unía una amistad fraternal. Los libros de historia del rock and roll aseguran, y no mienten, que los tres músicos que murieron en la avioneta accidentada sobre un campo de maíz en Iowa habían resultado ganadores en el sorteo para decidir qué miembros de la gira que realizaban conjuntamente por el Medio Oeste estadounidense viajarían en la avioneta, mientras que el resto debería desplazarse por carretera. La noticia nunca publicada es que el cuerpo de Buddy Holly no correspondería a uno de esos tres cadáveres. A pesar de ganar la apuesta, Buddy Holly habría cedido su sitio al batería. Holly habría viajado en su coche particular y habría contemplado el accidente mortal. Desquiciado por haber cedido a su amigo su lugar en la avioneta y haber acabado cediéndole también su lugar en el cielo (la metáfora es de Hardin), Buddy Holly se ocupó de hacer creer que aquel tercer cuerpo desfigurado era el suyo. No se vio capaz de seguir ofreciendo conciertos después de aquel trauma, por lo que tras hablar con los familiares del batería y abonarles una cantidad millonaria para que guardaran el secreto, Buddy Holly se retiró a un rancho de Texas.
A estas alturas de la narración, el viejo Hardin estaba muy borracho y ya había tirado un par de vasos al suelo, dando la culpa a su torpe visión. “Perdí mis gafas de pasta de toda la vida y nunca las renové: he aprendido que hay cosas insustituibles en esta vida”. Prosiguió la historia vociferándome al oído, con varios eructos intercalados y una verosimilitud pasmosa. Me juró por el rock and roll que Buddy Holly compuso todas y cada una de las canciones que Paul Mc Cartney aportó a los Beatles, y que este solo es autor original de su carrera en solitario. La gratitud de Mc Cartney explicaría su empeño en producir el documental en memoria de Holly, y los festivales que organiza regularmente para rendir homenaje a su figura. También me contó que Buddy odiaba al endiosado Elvis Presley por encima de todos los tupés, y que él sí que está criando malvas en Graceland. Fue cuando empezó a hablar del de Memphis cuando se puso violento y se marchó del bar sin pagar, como arrepentido de su confesión, dejándome con las ganas de preguntarle cómo demonios se explica que nadie más sepa que Buddy Holly vive en mi isla.
Esta mañana he convencido a mi mujer para acudir de nuevo al mercadillo de Consell, ocultándole tanto mi propósito de charlar con Hardin como la vaga ilusión de encontrarme a Buddy Holly. Pero Charles Hardin no estaba en su puesto habitual. Tampoco Buddy Holly, claro. Ahora acabo de entregar por mail mi reportaje, una intrascendente descripción de los objetos que se pueden adquirir en el mercadillo de Consell. Ninguna referencia a Buddy Holly, ni siquiera al vinilo numerado y exclusivo que he comprado. Mientras escribo lo que nunca me atreveré a publicar, suena en mi tocadiscos “Not Fade Away”, de Buddy Holly, que en shakesperiano significa “No desaparece”.
(Ficción, Marcos Jávega, 2007)
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