
En un céntrico bar de la ciudad, entre las 11:55 y las 12:15 de la mañana y con el sabor que deja el segundo cortado del día, el concejal piensa:
- Cambiar el nombre de la plaza de Adolf Hitler por el de plaza Ludwig Wittgenstein es adecuado, vale, pero ¿y lo que le jodería al del bigote ver que en su calle se ubica la Asociación Amigos de la Cultura Hebrea?
A las 12:16 el concejal pide un taxi hacia la plaza Ludwig Wittgenstein. Durante el trayecto, el taxista le recrimina que él la seguirá llamando plaza Adolf Hitler y que eso de cambiar los nombres de las calles solo sirve para desorientar a la gente. Aún así, le lleva hasta la plaza Ludwig Wittgenstein y no a otra.
A las 12:37 y tras pedir perdón por su retraso, el concejal posa para la imagen oficial en que se destapa la nueva placa, que convierte en un hecho el cambio de nombre. La plaza Ludwig Wittgenstein, antes plaza Adolf Hiler, se ubica en uno de los suburbios más peligrosos de la ciudad. Fotógrafos y comunicadores audiovisuales buscan la mejor perspectiva del destape de placa que, si bien en diarios y telediarios veremos como una, han sido siete exactamente, no vaya a ser que alguno la hubiera sacado desenfocada, hay que ponérselo fácil a la prensa y más en esos barrios en que deben trabajar con un ojo en lo que encuadran y el otro en lo que no encuadran, a fin de evitar que se cuele un delincuente en lo no encuadrado y les birle su herramienta de trabajo. Tomada la imagen, un cámara le dice a otro:
- Mira ese edificio, está que se cae. Aquí no querría vivir ni Hitler, ni Wittgenstein, ni la madre que parió al Imperio Austrohúngaro.
En otra dimensión sin relojes, Ludwig Wittgenstein ha estado contemplado toda la escena y hasta ha esbozado una sonrisa cómplice ante tanto juego del lenguaje. Pero de lo que no se puede hablar, hay que callar.
2 comments:
Joder, qué movida...
Dime si se ha solucionado ya, por favor.
¿Pero sólo en mi blog?
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