27/05/08

Greguería en un CD



(Greguería, 2008)

21/05/08

The old man and the yellow bricks

Este hipercuento se lee escuchando la canción de la pantalla.
Recomendaciones:
- Deja sonar la música y no empieces a leer hasta que escuches que el cantante empieza a cantar (0:23)
- Deja terminar la canción aunque hayas acabado de leer (2:58)



THE OLD MAN AND THE YELLOW BRICKS
(EL VIEJO Y LOS LADRILLOS AMARILLOS)
Suena Old Yellow Bricks de los Arctic Monkeys a un volumen que retumban los ventanales.
Salgo a la terraza, claro.
Lo normal es que a ese volumen y proyectado desde un subwoofer de un coche solo suenen ritmos latinos o agitanados.
Advierto,
primero: que hace un día brillante como un camino de ladrillos amarillos que me obliga a achinar los ojos,
segundo: que la música no proviene de un automóvil tuneado sino de uno de los colegios cercanos a mi casa.
Es música en directo.
La sempiterna fiesta teenager que se monta en un colegio, donde los chavales intentan ligar con mayor o menor éxito, idean putadas, se peinan con las manos mirándose en los espejos del baño cada media hora y participan en concursos de pasteles.
En mis tiempos todos tocaban canciones de Nirvana, no sé en los tuyos.

Saco el portátil a la terraza, me siento y empiezo a escribir.
Con tanto sol apenas se ve la pantalla, me va a salir prosa sudorosa.
O iluminada.
¿Acaso no son los festivales más que prolongaciones de esas fiestas adolescentes?
Qué parida, luego lo borro.
El caldo de cultivo de las modas urbanas son los colegios e institutos.
Pásate por el recreo y verás los pantalones que llevarás el año que viene.
Me dan ganas de ir al concierto y rememorar, como se suele decir, “aquellos maravillosos años”.
El título original de Aquellos maravillosos años era The Wonder Years: en Argentina lo titularon Kevin, creciendo con amor: seguro que inventaron ellos lo de Marilyn Manson.
Decirles que disfruten, que esos días de colegio nunca volverán.
Tú imagínate que se te acerca un mayor y te viene con que esos días nunca volverán.

El coche fantástico es una trepidante aventura de un hombre que no existe en un mundo lleno de peligro: Michael Knight, un joven solitario embarcado en una cruzada para la defensa de los inocentes, los indefensos y los débiles, dentro de un mundo lleno de criminales que operan al margen de la ley.

Descubro a un viejo tirado en mi terraza, bebiéndose un Rioja a morro.
Me aconseja con acento yanki que me deje de primera persona, que me invente un personaje y lo vuelque todo en él.
Que no sea yo sino las partes de mí que veo en los demás.
Que a mí me gusta el vino, pero que no sea chungo.
Que el artista que rechaza el absurdo, dos veces absurdo.
Que las penas y lamentos se las va a llevar el viento.
Que escribir en rima es comer entrecot con ketchup Prima.
Me dice que disfrute, que estos días en que escribo desde mi terraza nunca volverán.
Eructa: huele que emborracha.

Le digo:
- Puto viejo, vete de mi terraza si no quieres que llame a la policía.
Me contesta:
- Tranquilo, soy David Hasselhoff y tu blog es guay del Paraguay.

(Hipercuento, 2008)

14/05/08

Las Flechas del Amor 5.0

Prólogo:

Este cuento se lee escuchando esta canción:



Se aconseja no atender a las imágenes del vídeo. El procedimiento idóneo es escuchar la canción mientras lees el cuento.
Si al acabar la canción aún no has concluido la lectura, vuelve a darle al play.
Si concluyes la lectura del cuento y la canción no ha terminado, sigue escuchándola hasta el final mientras piensas en lo que has leído.







LAS FLECHAS DEL AMOR 5.0

El crítico literario se lía un cigarro Golden Virginia, lo enciende y se dispone a escribir una crítica en su cuaderno azul tamaño folio, igual al que usó en el proyecto de investigación de bachillerato, en el trabajo final de carrera de la universidad, en todas y cada una de sus críticas Din a4. Se le conoce por ser capaz de distinguir si un libro ha sido escrito con ordenador o con bolígrafo. El libro a valorar es “Las Flechas del Amor 5.0”, que a pesar del título es una ópera prima. Ojeroso, despeinado, los platos sin fregar, hace tres días que su mujer se fue de casa y sigue sin saber nada de ella, lo que le mantiene en un estado de ánimo poco aconsejable para escribir críticas literarias o asistir a conferencias sobre el feminismo en el cine independiente norteamericano.

No simpatizó con el autor desde que leyó su biografía en el reverso, licenciado en ciencias físicas o tal vez químicas, ya no puede tener nuestra mirada, la de Cortázar ni por asomo, nunca podrá decir me dieron el título de maestro en letras y no de letras vaya a saber por qué, y así ya empezamos mal. Ahora que te leo, me gusta como caminas, baby, un crítico habla a los libros como a mujeres: sin embargo tu voz... tu voz es una falta de ortografía. Apostaría a que nunca has jugado a las palabras, traducirte sería asar un pollo al microondas. El mismo biruji de principio a fin: descripciones cinematográficas, puramente visuales, de bisturí, tú no me das clínicas donde te operen los miedos, en qué piso puedo encontrar la sala de trasplantes de amistad. Dónde está el feeling en letras, el feeling de letras. Llámalo feeling, llámalo duende.

Los amantes que duermen desnudos son descritos como vistos desde el techo, la cama king size, el cuerpo de la mujer formando un ángulo perfecto de x grados y el hombre recostado en el abdomen de la amada, tieso como una flecha, juntos: arco y flecha que aún no ha sido lanzada. Está el arco, está la flecha, pero dónde está el amor en letras, el amor de letras. En la literatura que perdura, los arcos y las flechas tienen sentimientos. Son ya las tantas de la madrugada y el crítico no ha escrito nada. Si escribes algo y luego lo tachas, no has escrito nada.


El crítico literario relee algunos capítulos ahora desde su cama, hasta que se queda dormido con el libro en el pecho. La tele del cuarto encendida y sin volumen muestra al futbolista jerezano Güiza que celebra un gol imitando la postura de un arquero. Visto desde el techo no se ve la pantalla, la habitación desordenada, el crítico espatarrado, durmiendo con calcetines de rayas H&M con agujeros en las puntas, pantalones de pinzas con el cinturón dislocado, torso desnudo y la flecha de la portada de “Las Flechas del Amor 5.0” clavada en el pecho del despechado.

(Hipercuento, 2008)

09/05/08

Caperucita Roja, de Takeshi Kitano


Kitano, con el pelo blanco, es un viejo traficante de drogas tan asentado en su profesión que trabaja sentado en el sofá de su casa. Recibe a las visitas con la cara tapada por una paleta de playa con la forma de la cara acid, les proporciona la droga y la cobra al contado. Todos los clientes le llaman el Lobo. A algunos, les da la droga sin más. A otros, les da también conversación. Como a un chico muy jovencito y muy colgado, al que le aconseja que lo deje ahora que puede. Que él lo dejó y se puso a venderla, para joder la vida a los demás como se la habían jodido a él. Entre visita y visita, el Lobo suele sentarse en el sofá para ver el vídeo casero de una boda. A la novia se la ve embarazada. La mira y la remira. A veces llora, a veces se masturba.

Un día, viene a comprarle droga una chica con una sudadera roja con capucha que le recuerda a la mujer que décadas atrás lo abandonó por ser traficante. Decide espiarla. Ella toma un tren en dirección al bosque. Él la sigue. Se bajan en la estación de la residencia de ancianos a lo alto del bosque. Allí visita a una anciana de mirada perdida, que está sentada como una estatua en uno de los bancos del jardín de la residencia. El Lobo observa desde unos matorrales. La chica le deja unos pasteles, le habla mucho, la abuela no responde, parece no darse cuenta de nada, la chica le da un beso y se marcha. El Lobo se acerca entonces a la señora y se sienta a su lado. Abre la caja de pasteles y le da uno a la boca. La abuela come y por fin habla: has tardado mucho.

El vídeo de la boda otra vez, con sus colores sepia. Esta vez son el Lobo y la Abuelita los que están en el sofá, cogidos de la mano. Él sonriendo, ella con la mirada perdida. Llaman a la puerta. El Lobo se pone la paleta acid en la cara y abre la puerta. Es un señor gordo que le pide una gran cantidad de mercancía. El Lobo le responde que ha dejado la droga. El señor gordo se pone violento, que si a mí no me tomes por uno de esos yonkis que vienen por aquí, que yo necesito droga para una discoteca entera, que yo soy el Cazador y tú sin mí eres un mojón. El Lobo se saca una pistola y repite: he dejado la droga.

El vídeo de la boda va ahora por la escena de los bailes, salen muchos japoneses borrachos con corbatas en la cabeza. En el sofá, él sonríe y ella tiene la mirada perdida. Llaman a la puerta. El Lobo ve por la mirilla que es la chica de la sudadera roja. Corre a buscar a la Abuelita, la pone frente a la puerta y la abre escondiéndose tras ella. La chica de la sudadera roja pega un grito como de ardilla roja cuando encuentra allí a su abuela. Abuelita, qué ojos más grandes tienes: ¿te han dado droga? Qué boca tan grande tienes: nunca te había visto sonreír así. El Lobo aparece ya sin la paleta en la cara y la invita a pasar. Ninguno de los tres hablan. El Lobo pone el vídeo de la boda. La chica de la sudadera roja se queda atónita, reconociendo en la pantalla a su abuela de joven, en unas imágenes que nunca había visto. Se pone roja como un tomate, del impacto de ver a sus abuelos juntos por primera vez. El Lobo le dice: prométeme que dejarás la droga, Caperucita. Caperucita asiente. La abuela, que no había hablado aún, le dice al Lobo: te llevo a conocer a tu hija. El Lobo abre la puerta y hace la señal de salida: nos vamos ahora mismo. No cuenta con que en el rellano está el Cazador, que saca su cuchillo, raja el vientre del Lobo de arriba abajo y huye. Del vientre del Lobo muerto, brota una fuente de sangre.

Una señora abre la puerta de su casa. Al otro lado están la Abuelita y Caperucita, tapadas con dos paletas con la forma de la cara acid. Caperucita descubre su cara. La señora dice, visiblemente emocionada: has vuelto. Caperucita responde: Sí, mamá. Y a partir de hoy, yo cuidaré de la Abuelita.

Caperucita Roja, de Aki Kaurismaki



Aunque algunos periodistas españoles insistan en presentarlo como el cineasta japonés o el director iraní, a Kaurismaki no le quedó más remedio que nacer en Finlandia. Los más escurridizos estudiosos de su filmografía aseguran que tiene un pack de unas 50 películas filmadas, y que estrena una cuando se le acaba el dinero para el vodka. Una de ellas es "Caperucita Roja" (Título original: "Punahilkka").

En la versión de Kaurismaki, Caperucita trabajaba envasando 'pullas' (bollos de café típicos de Finlandia), en una cadena de montaje. Siempre viste con una capa roja, por lo que el resto de trabajadoras la llaman Caperucita, siempre por la espalda. Esta es una historia de incomunicación, y ninguna de esas grises empleadas quiere dirigirle la palabra a la extravagante Caperucita, siempre con capa roja como si Finlandia fueran los carnavales de Cádiz.

Su madre, alcohólica y con una traqueotomía, de pocas palabras y algún que otro gruñido, a llevarle un kilo de 'pullas' a su abuela. Caperucita comienza una travesía en tren hacia el bosque, donde le sucederán múltiples desgracias cotidianas: el revisor dictamina que su billete no está validado y duerme una noche en los bancos de la estación, se avería una puerta y los mecánicos se pasan el viaje dándole martillazos, unos niños le tiran siropé de chocolate a la cara, etcétera.

A todo esto, conoce a un hombre que está leyendo un diario en el asiento de enfrente. Ella le interrumpe la lectura, que es lo peor que se le puede interrumpir a un hombre según la cultura turca (del orgasmo no tienen nada escrito). Él, sin mirarla a la cara, le espeta: soy un cazafortunas. Luego no hablan más. El hombre pide seis o siete vodkas. Caperucita mira por la ventanilla.

Al llegar a la estación del bosque, Caperucita y el hombre se bajan. Comprueban la dirección a la que van cada uno y resulta que es la misma. Ella le pregunta que por qué va a casa de su abuela. Él responde que sabe que ha muerto, y que va a cazarle la fortuna. No sonreirán en toda la película.

Entran en casa de la abuela y la encuentran muerta en la cama.

- Entonces tú eres el lobo'.
- Ya te he dicho que yo soy el cazador, se me está secando la boca de tanta cháchara.
- ¿Y quién es el lobo aquí, eh?
- Los lobos son los demás: el hombre es un lobo para el hombre.
- Compraremos una botella de vodka y pasaremos la noche juntos en casa de mi malograda abuela.
- Vale, pero espero que no seas de las que hablan en sueños.

Suena la canción "Bésame mucho" subtitulada en finés y sin embargo no se besan. Se entiende que Caperucita y el cazador de fortunas serán infelices y comerán 'pullas'.

Caperucita Roja, de David Lynch



Caperucita Roja está interpretada por Ashley Olsen, una de las dos gemelas rubias que interpretaban el mismo papel en Padres Forzosos (Full House), concretamente el de niña pequeña, y que ahora tiene 21 años, los mismos que su hermana si bien no se ha desvelado quién sacó la cabeza primero. Trabaja de camarera en el negocio de su madre, una típica cafetería americana de carretera. Atiende a los clientes vestida con una capa roja y muchos clientes la llaman Caperucita, lo que irrita sobremanera a Ashley, que se desfoga escupiendo en sus batidos de plátano. Un día su madre, interpretada por Laura Dearn, le deja las llaves del Cabriolet del 75 para que lleve unos donuts a casa de su abuela, que vive a lo alto del bosque.

Caperucita se para en la gasolinera, donde le repone el depósito Jaleel White, que era Steve Urkel en Cosas de Casa (Family Matters). Aquí interpreta a un retrasado de unos 30 años. Sólo le dirige dos frases: ‘ten cuidado en el bosque, está lleno de talibanes’ y ‘son 50 dólares’. Caperucita inicia una road movie carretera arriba. Suenan una canción de Tom Waits, o de un admirador de Tom Waits que no lo iguala ni bebiendo cazalla.

Anochece y se para en un motel donde le atiende Vince Vaughn, que interpretó Norman Bates en la versión de Psicosis de Gus Van Sant. Le dice que ha tenido suerte, que ha ido a parar a un motel con night club. Le pregunta a dónde se dirige. Al oír la palabra 'abuela' le sermonea sobre lo importante que es cuidar a las abuelas y que recuerde su olor, que cuando se mueren siempre echamos de menos su olor. Caperucita baja al night club y se pide un Jack Daniels con agua. Una vieja prostituta y un enano cantan "Somethin’ Stupid" de Nancy y Frank Sinatra. Justin Theroux, el gafapasta de Mullholland Drive, que interpreta aquí el mismo papel, mira desde un sofá a Caperucita y la enmarca con sus dedos como si la estuviera filmando. Caperucita se acerca a él y le dice ‘me suena tu cara’. Él responde ‘tengo la cara más común del medio oeste americano, que es la cara de uno del medio oeste que se esfuerza en parecer neoyorkino’. ‘Y yo de qué tengo cara’, dice Caperucita. ‘Tú eres la cara que estoy buscando’, dice él recordando al chico Martini. La convence para subir a la habitación roja, la sienta en una silla y la filma con una cámara digital. Le explica que está preparando un cortometraje donde muchas chicas cuentan su primera experiencia sexual. Caperucita le cuenta la suya, que según dice, fue con un mendigo barbudo que se paseaba por los alrededores de su instituto bebiendo yogur líquido. Dice que le fue fácil meterlo en casa porque su madre siempre estaba trabajando y que fue una experiencia bastante dolorosa, sobre todo cuando al día siguiente habían desaparecido todas las joyas de su abuela. Desde ese día dice que odia a los tipos de barbas frondosas y que el yogur líquido ha sido eliminado de la carta de la cafetería. Acaba el rodaje doméstico y se despiden con prisas, buenas noches, buenas noches.

A la mañana siguiente, Caperucita es Mary-Kate Olsen, la gemela que es casi igual que Ashley, pero ahora aparece teñida de morena. Sigue su trayecto rumbo al bosque en el Cabriolet. Caperucita llega a casa de la abuela y comprueba que se ha ido la luz. Entra en su habitación y a oscuras mantienen el clásico diálogo de qué ojos más grandes tienes, qué orejas más grandes tienes, qué dientes más grandes tienes, son para comerte mejor. Sólo que en vez de devorarla, enciende una pantalla donde proyecta una película donde se ve a Caperucita practicando juegos eróticos con un barbudo de ojos saltones que la empapa de yogur líquido. Caperucita se queda rígida y con cara de pavor, más aún cuando comprueba que su abuela no es su abuela, sino el recepcionista del motel vestido de abuela. Para más inri, el travestido saca de la nevera un bote de yogur líquido. Se acerca a Caperucita y se crea una tensión que merece un Óscar pero no lo ganará. Cuando se dispone a atacarla, bote de yogur líquido en mano y a contraluz por la pornoproyección de fondo, tres disparos le revientan el pecho. Te dije que había talibanes, te dije que había talibanes, grita el negro de la gasolinera con un rifle en la mano y la comisura de los labios llena de salivilla blanca.

Caperucita, otra vez rubia y otra vez Ashley, llega a la cafetería y se abraza a su madre. Solloza: la abuela ha muerto. La madre contesta: ya era hora que lo supieras, cariño, lo que pasa es que nunca ibas a visitarla’. Caperucita la mira desconcertada, y su madre le suelta un ‘te quiero’, que remata con un ‘y ahora, a seguir trabajando que hay que levantar el negocio’. Caperucita se dirige a una mesa donde está John Stamos con gafas de pasta (John Stamos era uno de los tres padres forzosos de la serie, concretamente el fan de Elvis). Con una sonrisa de galán venido a menos, le pregunta: ¿Cuál es la especialidad de la casa? Caperucita responde: ‘el yogur líquido’.

Caperucita Roja, de Pedro Almodóvar


Penélope Cruz con el pelo a lo garçon y muy rejuvenecida será una madrileña de barrio obsesionada con todo lo francés a pesar de no haber visitado Francia. Llevará a menudo una boina roja por la que todo su entorno la llamará Caperucita. Trabajará en el centro, en la tienda de ropa de su madre, que será Marisa Paredes teñida de morena o Pilar Bardem con el pelo hacia atrás. Del padre no tendremos noticia, por lo que intuiremos que está muerto, que las abandonó, que Marisa/Pilar fue madre soltera, o que Almodóvar ha vuelto a escribir una historia de mujeres sin figuras paternales que le chafen el plan. En la tienda, Caperucita combinará el aburrimiento morrocotudo con la irritación de soportar a clientas tipo Esperanza Aguirre. Las intentará vestir a todas de francesas del celuloide, pero imaginen a Esperaza Aguirre vestida como Jean Seberg (de Iowa, pero tan francesa como el queso gruyère). Su novio será un hombre de esos que están siempre de viaje de negocios, y sólo sabremos de él por conversaciones de Caperucita a través del móvil. En alguna de estas llamadas, entenderá que tiene una amante y a Caperucita le importará un pimiento rojo.

A Caperucita sólo se la verá feliz en el cursillo de lengua francesa al que asistirá por las tardes, cuyo profesor será Gerard Depardieu. La academia de francés será todo un caldo de cultivo para personajes almodovarianos: un gay extremeño de dos metros dj de electropop que estudiará francés para trabajar en la edición de una revista de tendencias de París, un niño prodigio de acento andaluz y Chus Lampreave. Gerard Depardieu les pondrá canciones como Poupée de Cire, Poupée de Son, de France Gall. El dj dirá ‘uy, esa la puse un día en una fiesta en la que estaba Joan Manel Serrat y se puso a bailar que parecía la loca del pueblo’. El niño prodigio se la sabrá al dedillo. Chus Lampreave dirá ‘yo hasta que no le coja el ritmo, la llamaré Puede que Sí, que No’. Caperucita mirará mucho a Gerard Depardieu y se pondrá roja.

A la madre de Caperucita le dará de repente un soplo en el corazón. Medio moribunda en el hospital, le confesará a su hija que su abuela está viva, que tuvo que emigrar a Francia por ser más roja que Caperucita.

En otra de las clases, Gerard Depardieu proyectará el film icono de la nouvelle vague francesa: À Bout de Souffle (Al final de las escapada), de Godard. El dj dirá que mañana mismo se compra un sombrero y se las ingenia para conseguir un bolo en París. El niño andaluz comentará cosas sobre el uso de los primeros planos. Chus Lampreave dirá ‘¿ese no era el chico Martini?’. Caperucita intentará hablar pero se desmayará de la emoción. Al despertar, le confesará a Gerard Depardieu que su madre está a punto de morir y que por eso se ha desmayado. Algunos espectadores la creerán, otros interpretarán que fue por la belleza de la película. Los dietistas y afines pensarán que tiene bajas las defensas y que debería tomar L-Casei Inmunitas.

La madre de Caperucita morirá al día siguiente y Caperucita se decidirá a viajar a Francia para conocer a su abuela. Se lo contará a Gerard Depardieu, y este le ayudará sacándole los billetes por internet en una página de vuelos baratos.

A partir de la llegada de Caperucita a Francia, la película estará rodada en blanco y negro, igual que una película de la nouvelle vague. Caperucita caminará por las calles de París con una cara compleja: felicidad de paraíso encontrado, tristeza de madre muerta. Esto quedará muy bien simbolizado por el blanco y negro, según apuntarán los críticos y el niño prodigio andaluz. Puede que hasta Penélope Cruz nos transmita una puñetera emoción a pesar de su voz de pato a la naranja. Al llegar a la Torre Eiffel, se desmayará de la emoción.

Despertará en una habitación oscura con una vieja a contraluz. ‘Abuela, qué boca más grande tienes’. ‘Es para contarte mejor la verdad’. Ya más iluminado resultará ser su padre, un travesti de tomo y lomo. Citará a Lorca: ‘tuve que escapar de España por culpa del vocablo (maricón)’.

Caperucita, borracha hasta la médula, telefoneará a Gerard Depardieu y le dirá 'cómprate un sombrero, que montamos una escuela de español en París'. '¿Me quieres?, preguntará él. Ella responderá cantando: 'Puede que Sí, Puede que No'.

Tras el estreno, Gerard Depardieu declarará en Le Monde que protagonizar una película como las de nouvelle vague es un sueño. En El País, declarará que trabajar con Almodóvar es un sueño.
En Francia, tirarán una estatua de Napoleón para poner una de Almodóvar. Gerard Depardieu verá cómo le ponen una también a él, en este caso vestido de Napoleón, pero se despertará sudando y le declarará a su mujer que es un sueño.

08/05/08

Shanghai Surprise


Un señor gordo de Alicante campeón nacional de comer hot dogs se va a Baltimore para participar en un torneo internacional, subvencionado por la conselleria de Cultura y Deporte de la Generalitat Valenciana. Gran debate en el departamento para saber si el dinero tiene que salir de la dirección general de Cultura o la de Deporte, tanto que al final el señor gordo viaja pagado por ambos. Eso sí: le obligan a concursar vestido de fallera y calzado con unas tenis. Protesta porque en Alicante no celebran las fallas sino las hogueras, pero los políticos lo convencen de que si concursa envuelto en llamas en Estados Unidos podría ser confundido con El Hombre Antorcha y perderían una gran ocasión para promocionar la cultura valenciana.

Pasados los anchos trámites, concursa y vence en anchas rondas a anchos señores venidos desde todas las latitudes del ancho mundo. En la semifinal queda empatado con un señor gordo de Frankfurt. Los jueces de silla consultan la moviola y la foto finish muestra que ambos engullieron la última salchicha a la vez. El jurado determina que ser de Frankfurt y comer Frankfurts es un abuso. Lo expulsan y le prohíben la entrada en el país. En la final, el señor gordo de Alicante pierde contra una señorita delgada de Shangai.

Esa noche el señor gordo de Alicante tiene pesadillas en las que su pene es una salchicha y quiere comérsela pero no llega. Se despierta por la mañana, se dispone a orinar y comprueba que efectivamente su pene es una salchicha. Quiere comérsela pero no llega. Se gasta el dinero de la subvención en quitarse las costillas que hacen falta para que, en una flexión, su cabeza alcance la salchicha. En la cama de la clínica y recién operado, consigue al fin pegar un bocado a su propia salchicha. Lógicamente, ese dolor que siente es el dolor más doloroso y el dolor más inhumano. Un dolor que le produce un ataque de hambre, por lo que al ver en una bandeja de la habitación sus propias costillas, va y se las zampa. Le chiflan, pide más y convence a un taciturno funcionario del departamento de Donantes de Órganos de que le venda kilo y medio de costillas.

Hoy es campeón del mundo de comedores de costillas. Después de cada campeonato internacional, el señor gordo vuelve victorioso a su hogar alicantino. En su calle, todos los vecinos le saludan con aspavientos, algunos de ellos con gritos de campeón campeón oé oé oé. Él responde a todos con cariño, y una mano alzada. A todos, menos a la china del restaurante chino La Dama de Shangai.

05/05/08

"El dolor más doloroso", canción de autor


“El dolor más doloroso, el dolor más inhumano es pillarse los cojones con la tapa de un una piano”. Quizá a usted le dé apuro reconocer que ha tatareado estos versos, pero ¿a que alguna vez los ha escuchado? Estamos pues ante una auténtica canción popular. Sin embargo, parece ser que hasta mediados del siglo XX nadie la conocía, pues fueron compuestos en 1953. Esto es lo que asegura al menos José Francisco Marino, nacido en La Herradura (Granada) en 1931 y hoy en día residente en l’Ametlla de Mar (Tarragona). Según él, se trata de una canción de autor que ha pasado a formar parte del acervo cultural del país.

Pepe “el marino”, como le llaman sus amigos, no fue quien llamó a las puertas de los medios de comunicación, sino que fue el Diario de Tarragona quien descubrió y publicó la noticia. Al parecer, el periodista Oriol Barroco escuchó a Pepe “el marino” explicándosela a un grupo de turistas en un bar de la costa tarraconense. A partir de ahí, Barroco entabló relaciones con Marino con el fin de recoger pruebas que demostrarían la autoría de la canción. Como la más fehaciente: un manuscrito con los versos de la canción firmados ante notario. “Si cada vez que alguien la ha cantado me hubieran dado una peseta, ahora sería multimillonario”, afirma Marino. Sin embargo, nunca se preocupó de registrarla como canción en la SGAE. “Mi primo Blas era notario y me firmó un acta para dar fe, pero nunca me preocupé de reclamar dinero. Me bastaba con la satisfacción de que en cada puerto en el que atracaba, siempre me topaba con algunos chavales que la cantaban”. Y es que Pepe “el marino” era marinero y fue en uno de sus periplos donde compuso su a la postre éxito multitudinario. “La melodía está copiada de una canción que aprendí en las Américas. La cantaban los negros, y hablaba de Dios y sus milagros. A mí se me ocurrió ponerle una letra de cachondeo en castellano. Me imaginé a un pianista negro, vestido de traje, cantando con su vozarrón que se pillaba los cojones con la tapa del piano”.

¿Cómo una canción de autor, chusquera pero de autor al fin y al cabo, pudo calar tanto como para convertirse en puro folklore en una época donde internet no era ni una imaginación de Philip K. Dick? “Yo nunca he sabido tocar el fa, ni el sol, ni el salga el sol por Antequera. Eso sí, canto como los ángeles de San Rafael. La canté en cada puerto, en locales nocturnos. Era la época del boom turístico. Cuando me rompí la cadera tuve que dejar de navegar, por lo que tuve que dedicarme a cantar en fiestas de pueblo. Cantaba rumbas, boleros, coplas y todo eso. Y entre canción y canción siempre metía lo del dolor más doloroso. Poco a poco descubrí que había gente del público que se la sabía, que la cantaba conmigo. Supongo que otros músicos también la empezaron a cantar en sus recitales, y se hizo popular. He llegado a oírla cantar hasta a un grupo de monjas descalzas recorriendo el camino de Santiago”. Marino asegura que no tiene nada que ver con las variaciones posteriores, como “el dolor más inhumano es meterse por el culo un misil americano”, y afines.

Pepe el Marino, “soltero por vocación”, tiene 77 años y no le gusta que le fotografíen. Asegura que su única ambición es encontrar a un colega que sepa jugar al zarangollo, un juego de cartas andaluz. “Oriol es tan simpático como mal jugador de cartas”. Pepe el Marino tiene una oferta para actuar en el Festival Primavera Sound de Barcelona interpretando ‘El dolor más doloroso’ con una banda de rock. De momento, mantiene la incógnita: “No estoy para muchos viajes. Si me decido, solo exigiré que me dejen jugar una partida con Enrique Morente. A cantar puede que me gane, pero el zarangollo es otro rollo”.