
(Greguería, 2008)
Blog de Marcos Jávega
El crítico literario se lía un cigarro Golden Virginia, lo enciende y se dispone a escribir una crítica en su cuaderno azul tamaño folio, igual al que usó en el proyecto de investigación de bachillerato, en el trabajo final de carrera de la universidad, en todas y cada una de sus críticas Din a4. Se le conoce por ser capaz de distinguir si un libro ha sido escrito con ordenador o con bolígrafo. El libro a valorar es “Las Flechas del Amor 5.0”, que a pesar del título es una ópera prima. Ojeroso, despeinado, los platos sin fregar, hace tres días que su mujer se fue de casa y sigue sin saber nada de ella, lo que le mantiene en un estado de ánimo poco aconsejable para escribir críticas literarias o asistir a conferencias sobre el feminismo en el cine independiente norteamericano.
No simpatizó con el autor desde que leyó su biografía en el reverso, licenciado en ciencias físicas o tal vez químicas, ya no puede tener nuestra mirada, la de Cortázar ni por asomo, nunca podrá decir me dieron el título de maestro en letras y no de letras vaya a saber por qué, y así ya empezamos mal. Ahora que te leo, me gusta como caminas, baby, un crítico habla a los libros como a mujeres: sin embargo tu voz... tu voz es una falta de ortografía. Apostaría a que nunca has jugado a las palabras, traducirte sería asar un pollo al microondas. El mismo biruji de principio a fin: descripciones cinematográficas, puramente visuales, de bisturí, tú no me das clínicas donde te operen los miedos, en qué piso puedo encontrar la sala de trasplantes de amistad. Dónde está el feeling en letras, el feeling de letras. Llámalo feeling, llámalo duende.
Los amantes que duermen desnudos son descritos como vistos desde el techo, la cama king size, el cuerpo de la mujer formando un ángulo perfecto de x grados y el hombre recostado en el abdomen de la amada, tieso como una flecha, juntos: arco y flecha que aún no ha sido lanzada. Está el arco, está la flecha, pero dónde está el amor en letras, el amor de letras. En la literatura que perdura, los arcos y las flechas tienen sentimientos. Son ya las tantas de la madrugada y el crítico no ha escrito nada. Si escribes algo y luego lo tachas, no has escrito nada.
El crítico literario relee algunos capítulos ahora desde su cama, hasta que se queda dormido con el libro en el pecho. La tele del cuarto encendida y sin volumen muestra al futbolista jerezano Güiza que celebra un gol imitando la postura de un arquero. Visto desde el techo no se ve la pantalla, la habitación desordenada, el crítico espatarrado, durmiendo con calcetines de rayas H&M con agujeros en las puntas, pantalones de pinzas con el cinturón dislocado, torso desnudo y la flecha de la portada de “Las Flechas del Amor 5.0” clavada en el pecho del despechado.
(Hipercuento, 2008)






Pepe “el marino”, como le llaman sus amigos, no fue quien llamó a las puertas de los medios de comunicación, sino que fue el Diario de Tarragona quien descubrió y publicó la noticia. Al parecer, el periodista Oriol Barroco escuchó a Pepe “el marino” explicándosela a un grupo de turistas en un bar de la costa tarraconense. A partir de ahí, Barroco entabló relaciones con Marino con el fin de recoger pruebas que demostrarían la autoría de la canción. Como la más fehaciente: un manuscrito con los versos de la canción firmados ante notario. “Si cada vez que alguien la ha cantado me hubieran dado una peseta, ahora sería multimillonario”, afirma Marino. Sin embargo, nunca se preocupó de registrarla como canción en
¿Cómo una canción de autor, chusquera pero de autor al fin y al cabo, pudo calar tanto como para convertirse en puro folklore en una época donde internet no era ni una imaginación de Philip K. Dick? “Yo nunca he sabido tocar el fa, ni el sol, ni el salga el sol por Antequera. Eso sí, canto como los ángeles de San Rafael. La canté en cada puerto, en locales nocturnos. Era la época del boom turístico. Cuando me rompí la cadera tuve que dejar de navegar, por lo que tuve que dedicarme a cantar en fiestas de pueblo. Cantaba rumbas, boleros, coplas y todo eso. Y entre canción y canción siempre metía lo del dolor más doloroso. Poco a poco descubrí que había gente del público que se la sabía, que la cantaba conmigo. Supongo que otros músicos también la empezaron a cantar en sus recitales, y se hizo popular. He llegado a oírla cantar hasta a un grupo de monjas descalzas recorriendo el camino de Santiago”. Marino asegura que no tiene nada que ver con las variaciones posteriores, como “el dolor más inhumano es meterse por el culo un misil americano”, y afines.
Pepe el Marino, “soltero por vocación”, tiene 77 años y no le gusta que le fotografíen. Asegura que su única ambición es encontrar a un colega que sepa jugar al zarangollo, un juego de cartas andaluz. “Oriol es tan simpático como mal jugador de cartas”. Pepe el Marino tiene una oferta para actuar en el Festival Primavera Sound de Barcelona interpretando ‘El dolor más doloroso’ con una banda de rock. De momento, mantiene la incógnita: “No estoy para muchos viajes. Si me decido, solo exigiré que me dejen jugar una partida con Enrique Morente. A cantar puede que me gane, pero el zarangollo es otro rollo”.