30/10/08

La mujer que salió del limonero


Sonaba Be My Baby en bucle. Había leído en internet que Brian Wilson de los Beach Boys, enfrascado en la composición del álbum Smile en 1966, se había obsesionado de tal manera con esta canción compuesta por Phil Spector y cantada por las Ronettes que la escuchaba cada día y de la misma manera como repetía ahora Roc Fontdevila en su estudio de grabación casero instalado en el sótano de una finca situada al oeste de la ciudad. No era un sótano lúgubre, pues daba a una terraza con una parcela de tierra que Roc abonaba, regaba y podaba como el que abona, riega y poda una canción. Más allá de la terraza se divisaba una plazoleta rodeada de un nido de edificios que los vecinos usaban como garaje, ajenos a aquel trozo de naturaleza en territorio urbano. No era tiempo ahora de cuidar el limonero, con ese viento mediterráneo que cada mes de octubre nos encierra en nuestras casas y nos incita a la cinefilia, esos soplidos de alerta amarilla que si duraran más de un mes nos llevarían volando a la vida loca y despeinada. Quería copiar el Be My Baby con guitarras distorsionadas, como si las Ronettes se subieran a cantarla con Sonic Youth. Sonaba Be My Baby en el sótano mientras los limones bailaban en la terraza. Se desprendían de la rama del árbol, danzaban unos segundos en el aire y se desplomaban contra el suelo. Uno de los limones fue a impactar contra el cristal de la puerta del estudio, lo que obligó a Roc Fontdevila a salir a ver qué pasaba. Y pasaban limones en danza y en medio del viento y del frío, una mujer desnuda en su terraza.

Sonaba Be My Baby en bucle en el estudio y había una mujer desnuda en su terraza. Roc se asustó para adentro, ambos se quedaron quietos y se estuvieron un buen rato mirando, los limones danzando y cayendo. Ella sonreía, desnuda y pelos de loca al viento, sus tetas también parecían limones, tarareaba Be My Maby. Roc la hizo pasar al estudio. Calor de hogar, Be My Baby en bucle. Resultó que ella se la sabía de be a i griega y ahora la cantaba con ahínco: Be my, be my baby, be my little baby. Roc se quitó la sudadera y se la ofreció a la mujer, que decía que no con la cabeza sin dejar de cantar. Roc había fantaseado en sus largos encierros en el estudio con que una chica desnuda entraba en su estudio y él se la follaba sobre el viejo hammond de madera pero ahora que se tornaba auténtica la situación no tenía nada de erótica, una desconocida se había colado en su terraza en un día de viento violento, y no parecía en su sano juicio. ¿Acaso no había que tener miedo? Parecía evidente que no podía sacarse un arma de ningún sitio, pero ¿acaso no está como una cabra una tía en bolas en un día de viento huracanado, ahora en tu cueva cantándote Be My Baby? ¿Acaso no puede tratarse de una mujer pantera que se te tira encima y te araña el gaznate hasta que mueras desangrado? La mujer se acariciaba el cabello, se lo recogía en forma de moño y luego lo dejaba caer sobre los ojos a modo de flequillo supersónico. Roc empezó a perder los nervios, le preguntó cómo te llamas, qué haces aquí, ella seguía: for every kiss you give me, I give you three. Le aguantaba la mirada, no estaba preparado para tanta pornografía barata. Ella se acercó y le besuqueó el cuello tres veces, él se apartó, violentado, sintió asco, saliva de loca, la invitó a marcharse pero con aquel viento, so won’t you please be little baby. Roc se acordó del vestido de su tía Paquita, que conservaba como una reliquia por sus formas y colores psicodélicos. Lo sacó de un cajón, lo desempolvó y le obligó a la mujer a vestirse o te lo pones o llamo a la policía.


Sonaba By My Baby en bucle, Roc enchufó la guitarra eléctrica y comenzó a tocar su versión noise del Be My Baby, con el Be My Baby auténtico de fondo, rellenándolo de guitarrazos distorsionados, ella cantaba como una cuarta Ronette y se puso unas chanclas que encontró por ahí. Cuando Roc dejó de tocar, ella habló por primera vez. Le comenzó a contar la anécdota de Brian Wilson y su obsesión con Phil Spector, compositor del Be My Baby que sonaba en bucle. Roc respondió que ya lo sabía, que se la ponía en bucle, pero ella sabía más detalles, se los había contado su padre. Le explicó que aquella fijación le atacó a Brian Wilson en la época en que estaba enganchado a las anfetaminas, vitaminas para su paranoia. Creía entender en Be My Baby mensajes ocultos, amenazas personales y explicaciones al origen del universo. Una noche se fue en coche al autocine a ver Plan Diabólico de John Frankenheimer y a poco de empezar la proyección se largó a todo motor que le den por culo a Rock Hudson. Le había atemorizado comprobar que la primera frase de la película era: Hola Míster Wilson. Le pareció evidente que Phil Spector había convencido al guionista para incluir la frase, para advertirle de lo que sería capaz de hacer si osara superarle con su nuevo disco. Otro día el periodista Daniel Dalton acudió a una sesión fotográfica de los Beach Boys. Brian Wilson, en un alarde de amabilidad, le propuso quedarse a cenar. Una vez allí, en su estudio, comprobó que estaba rodeado de grabadoras que reproducían Be My Baby en bucle. Cuando a los postres sacó los chupitos de Jack Daniels y empezaron a formarse los primeros silencios, Brian Wilson le espetó: ¿qué estás haciendo aquí, Phil Spector? ¿Robarme las ideas?


Sonaba Be My Baby en bucle a punto otra vez de llegar al final, a Roc le había divertido tanto el relato, ahora la intrusa le parecía una chica preciosa y tímida, le sentaba tan bien el vestido de la tía Paquita, silueta psicodélica, feminidad en espiral. Le dio un beso, le quitó primero las chanclas y después el vestido, al ritmo de las percusiones del inicio.

23/10/08

El hombre que se salió del tobogán Kamikaze



Como siempre a horas negruzcas, como siempre a toda prisa, cuando por fin se había decidido a entregar la carta, Roc Fontdevila se tuvo que encontrar con un segurata.

- Identificación por favor.

- Pero si trabajo aquí…

-Ya, pero eso yo no lo sé.

- No llevo el DNI encima. Soy Roc Fontdevila, ¿no tiene una lista?

- Sí tengo una lista, sí. Ahora mismo lo consultamos.

El segurata era bizco superlativo, no es que un ojo te mirase y el otro escapase hacia un costado como un inquieto ojito rebelde que quiere ver del otro lado, es que eran dos ojazos liberados y en constante twist, zapateando cada iris como un baile de canicas desbocadas, moviéndose por toda la cuenca sin detenerse nunca donde tú estás mirando.

- ¿Capdevila has dicho?

- Fontdevila, Font… devila.

- Con efe.

- Sí, Fontdevila es con efe, sí. Efe, o, ene, te, de…

- Ya sé como se escribe Fontdevila. Y por Fontdevila no me viene nadie. Me viene un Font pero sin Devila.

-¿Qué pone? ¿Roc Font?

- No, Manuel Font.

- No, ese es de otro departamento. ¿Y no sale Fontdevila?

- No, señor. Me viene Fornés, Fuentes y después ya se va a la G, García, Gavilán…

-Gavilán o paloma, a ver, si esos nombres que ha dicho son de mis compañeros de trabajo. No entiendo por qué no sale el mío.

- Yo tampoco. Pero no le puedo dejar pasar a estas horas y sin saber quién es usted.

- Soy Roc Fontdevila.

- Pero no me aparece en la lista.

- Oiga, míreme a los ojos…

El silencio se hizo silencio. Los ojos del segurata se quedaron quietos por primera vez. El izquierdo completamente escorado a la izquierda, como reivindicando su izquierdosidad. El derecho casi en el centro, pero cayendo levemente a la derecha, como si alguien hubiera gritado un-dos-tres patito inglés y el ojo se hubiera quedado paralizado justo cuando estaba a punto de alcanzar el ansiado centro. Bien mirado, los ojos del segurata parecían un político de un partido de izquierdas fingiendo izquierdosidad y uno de un partido de derechas fingiendo centrismo. Roc tenía que deshacer el silencio, no vaya a ser que el segurata hubiera pensado que.

-¿No tiene otra lista por ahí?

- Silencio.

La evocación de la palabra permitió al silencio volver a hacerse a sí mismo, como si en la vídeo-proyección de un castillo de naipes derrumbándose uno le diera al rewind para recuperar hacia atrás su forma inicial. El segurata sacó una pistola de su mesilla y se la mostró a Roc sin apuntarle, aunque la simple aparición de un arma en la escena le bastó a Roc para palidecer y respetar el silencio con religiosidad repentina, religiosidad del ateo que le pide a Jesusito que no me mate que no me mate, mientras el segurata le conducía hasta el cuartito de llaves, le invitaba a sentarse en una silla, él se quedaba de pie y le obligaba a escuchar esta historia:

- No te asustes, no te voy a hacer nada. -Roc se fijaba por primera vez en su acento, una especie de malagueño con resfriado perenne- Simple y llanamente te voy a enseñar a no reírte de un bizco. O que coño, a no reírte de mí, que les jodan a los demás bizcos, los bizcos no tenemos asociaciones, nos apañamos solos. Los bizcos somos solitarios. ¿Has visto alguna vez a un bizco paseando de la mano de una mujer? No, no lo has visto, a no ser que pasee de la mano de su madre. A no ser también que hablemos de un medio bizco, que a esos los aceptan, a los bizcos de mierda, nada que ver con estos ojos bizcos a más no poder que parece que no te miran pero te miran, te miran fijamente, pero tú siempre desvías la mirada, siempre que has visto a un bizco auténtico has apartado la vista, porque te incomoda, te incomodan estos ojos del demonio. Pero ellos te miran y ven que otra vez ha pasado, otro hijo de puta te ha desviado la mirada. Reconozco que me ha gustado que me digas que te mire a los ojos, Ron Fontedevila –que el segurata pronunciara Ron en vez de Roc sonaba en aquella tesitura como una amenaza sutil, un trueno lejano, sí, pero que anuncia tormenta-. Ha sido como un duelo en las películas del oeste, pero yo no te voy a disparar. ¿Has estado alguna vez en un parque acuático? –Roc asintió con la cabeza, sentado en el cuartito de llaves, mirando a un segurata que ahora se le antoja un gigante, o lo que es peor, un gigante con pistola- Seguro que has escuchado la historia del hombre que una vez se cayó del tobogán kamikaze, y has pensado que era una leyenda urbana. ¡Pues de urbana nada! Es una leyenda humana, que no es lo mismo. Mi novia me esperaba abajo con un bikini rojo como el de las vigilantes de la playa pero, en vez de la playa, del Aquacity. Mira, dejaré la pistola aquí en este estantería para que te relajes. Iré al grano: yo soy el hombre que se salió del tobogán kamikaze. Salí volando por los aires. Ahora me ves con esta barriga cervecera, pero en aquella época yo estaba en los huesos. Peso pluma y flum, como una pluma que surfea el cloro salí disparado hacia fuera del tobogán kamikaze. Yo cerré los ojos como si quisiera llorar pegamento, cayendo al vacío, apretando los ojos como si fuera un sueño hacia la muerte, dicen que cuando sabes que vas a morir te pasa por delante toda tu vida en imágenes, a mí no me pasó una puta imagen por la cabeza, yo lo vi todo negro y oía unas voces que yo no sabía de donde venían y todo negro, todo negro, todo negro, después mucho más tarde sí soñé que vivía con mi novia en una casa con las paredes pintadas de rojo y yo empezaba a notar que había alguien más en la casa, porque había muebles movidos de sitio y mi novia sin inmutarse, diciéndome no te preocupes, todo está bien, fumando un cigarro tras otro sin quitarse el bikini rojo. Este sueño siempre repetido, con distintos inicios. Tres cojines rojos en el suelo colocados de forma vertical, yo corriendo a avisar a mi novia para alertarle de que había intrusos en la casa y ella fumando con el bikini rojo puesto, yo encontrando en un cajón una cinta VHS, poniéndomela en el vídeo y viendo que está protagonizada por personas que no somos nosotros viviendo en nuestra casa, celebrando orgías y bebiendo ponche, y mi novia con el bikini rojo que se coloca otro cigarro en los labios, se lo enciende y el puntito rojo del cigarro que se hace grande como una bola de fuego, todo rojo y es el puto puntero láser ese, la luz roja del médico que te inspecciona las retinas. No había muerto. –en ese instante el segurata encendió la luz del cuartito de llaves como para dar énfasis a su relato, dos tubos de neón blanqueando por completo la penumbra- Había caído en la piscina de olas, la atracción de al lado. Me habían sacado de allí pensando que estaba fiambre. Había estado inconsciente un par de semanas y ahora despertaba en la cama de un hospital con una carta de mi novia en la mesilla, diciéndome que se iba a vivir con sus padres, que le había traumatizado lo de verme volar y que no era capaz de verme más después de aquello. Los médicos me felicitaban por haber salvado la vida y yo solo quería mear. Entré en el baño, meé la meada más larga posible, récord del mundo en un campeonato de meadas. Al mirarme en el espejo entendí que me había quedado bizco. Bizco y solo, las dos sensaciones de golpe y para siempre. Bizco del copón, fíjate, ahora te estoy mirando a los ojos como me has ordenado tú. Bizco del que se fue al limbo a por tabaco… y volvió.

El segurata se sacó un paquete de Lucky del bolsillo de la camisa, se encendió dos cigarrillos: uno para él, otro para Roc. Fumaron en silencio. Cuando el humo de los cigarrillos comenzaba a formar nubes a la luz blanca de los neones, Roc ya sabía que nunca iba a entregar la carta, como sabía que nunca iba a dejar de fumar.

(Ficción, 2008)