Botero pintará anoréxicas. El artista colombiano, conocido universalmente por representar figuras humanas muy voluminosas, plasmará en su próxima obra de arte este transtorno alimentario tan en boga. ¿Podremos contemplar al fin las primeras figuras femeninas esqueléticas en la obra de Fernando Botero? ¿El gran desproporcionador de lo real se enfrentará a su eterna antagonista: la extrema delgadez? ¿Botero mostrando la realidad rampante de principios de siglo XXI? No. Para eso habrá que esperar sentados. Botero pintará a las anoréxicas tal y como ellas se ven en el espejo: gordas. Es bien sabido que las anoréxicas se ven en el espejo como gordas de Botero. Sí. Botero seguirá pintando lo mismo de siempre.
Bárcenas es un murciano superdotado que trabaja en Roma, en 1979, editando cine.
Ahora mismo se encuentra en la oficina revisando el montaje final de Holocausto Caníbal. Viste como un mod del sector fascio. Lo apunta todo en una libreta gigante, como de notario gordo con muchos clientes. Va a ser muy polémica, la película. Que el año 1979 esté a punto de acabar para entrar con carrerilla en los coloristas 80 no quiere decir que el populi ya esté preparado para ver a personas empaladas del culo a la boca con una estaca de madera.
Rufina, la secretaria, le entrega una carta a Bárcenas. La abre, es un Christmas. Desde Murcia, con amor. La llamada de la tierra, el aliento del hogar. Ese tomate murciano chafado en la cara de un joven reportero empalado.
Roma-Madrid en avión. Madrid-Murcia en autobús. En el asiento de al lado, una abuela que se tira pedos a intervalos de 2 minutos / 2 minutos y medio. Pedos muy ancestrales. Con olor a col lombarda de posguerra.
Por la ventanilla del autobús, Bárcenas divisa a dos animales. Saca de la maleta sus prismáticos para contemplarlos. Un caballo recio, rubio, firme. Y una cabra vieja y gris tumbada como una persona, con barbilla blanca de samurai, frotándose todo el dorso del cuerpo en la hierba mojada. Hay niebla en la huerta.
Llega a la estación, le recibe su hermano con un jersey de lana azul y blanca que compró en el mercado un día que en realidad iba solo a por un buen par de gallos de corral. Se saludan con un abrazo torpe, extraño, porque Bárcenas acaba de intuir que aquel no parece su hermano. Está claro que es su hermano, joder, pero como más joven, como si en aquel puto pueblo murciano el tiempo transcurriera hacia atrás.
Bárcenas entra en la cocina y pone en práctica la reverencia que de chaval debía hacer a su madre, una genuflexión muy humillante, teniendo además que poner cara de cigüeña y gritar:
- AAAOOAAY
La madre le abraza. Es vieja y va muy drogada. Le brilla la cara.
Bárcenas le entrega a su madre su regalo de Navidad, una carterita de cuero. Ella aprovecha el día señalado para contarle que toda la familia del pueblo, niños y mayores, están engachados al crack. Ella incluida. Y le advierte que esa noche tiene que demostrar que es un buen hijo y fumar con todos los invitados, de lo contrario la familia quedará muy desunida.
Sátrapas, se me olvidó comentaros que me han publicado un cuento inédito en la revista literaria La Bolsa de Pipas. Confirmo que ninguno de los dos observers de la portada soy yo. Hey! Ho! Let's go!
Gerard Quintana eufórico, la cara más agigantada si cabe. En el universo, caber, cabe. En una fotografía, habrá que verlo. Heredará un palacete de esa burguesía que mantenía escondida entre sus linajes. Lo venderá y se convertirá en multimillonario al instante. Verá claramente que sus discos son armas arrojadizas y se paseará corriendo por las Ramblas arrojándolos a la cara de los extranjeros. No se detendrá a grabar el acento de los viandantes para distinguir sus acentos, no van por ahí los cd's, Quintana los lanzará sin carátula a todo aquel que le parezca que tenga un rostro foráneo. A ritmo de footing. Rambla arriba, Rambla abajo, con su grabadora digital colgando del cuello, junto al collar de conchas. Esta acción la iniciará un jueves. No te acerques si tienes cara de inglés o de Pakistán-ta-ta-ta-tán: Gerard Quintana baja a la ciudad armado con la violencia de la felicidad.
Se toma sus descansos para comer y dormir, pero va a estar cuatro días de intenso trabajo haciendo volar sus Cd's, presentándolos a lo bestia. Un lunes se plantará en la plaza Sant Jaume, descalzo. Comprará una cita con el alcalde de Barcelona. La comprará. Jordi Hereu está ocupado. ¿Seguro? Manojos de billetes de su riñonera con el símbolo de la marihuana tejido con mimo con tela verde, el salvoconducto. En el despacho del excelentísimo, Gerard Quintana le comunicará sus propuestas para una ciudad mejor. Caerá en la cuenta que Jordi Hereu, alcalde de Barcelona tiene una guitarra sobre la mesa, con claros signos de haber sido usada recientemente. Huellas de Jordi Hereu en la guitarra, que comentará que sí, que está escribiendo unos temas sobre Barcelona, la fusión, el civismo en clave de solfa.
Se cambiarán los papeles por un tiempo. Gerard Quintana, músico venido a menos (menos que menos es menos), tomará con ilusión la vitola de la ciudad. No dará la cara en ruedas de prensa, será el ideólogo oculto de las nuevas propuestas para Barcelona. Dedicará una calle importante a Jordi Cruyff, el hijo de Johan, por su contribución a la importancia de llamarse Jordi. Será la calle Diagonal. La diagonal, la transversal, la hexagonal, ahí no hay un bautismo. Diagonal Jordi Cruyff, ahí sí, manteniendo el residuo. Ordenará encender una hoguera en cada parada de metro y regularizará la situación legal de los vendedores de castañas. Pondrá en marcha un innovador servicio de sillas de ruedas públicas para desplazarse por toda la ciudad, con conectividad aérea con el funicular de Montjuïc. Y Jordi Hereu compondrá las canciones de Gerard Quintana, “muy variadas”. Esto se lo dirá Jordi Hereu a Gerard Quintana cuando le explique cómo le están quedan quedando las nuevas composiciones. “Muy variadas. Cumbias, baladas”. Ciudadanos y oyentes permanecerán ignorantes al cambio de papeles por ambos lados. No notarán la diferencia. Las rosas seguirán siendo rojas, blanca la espuma de una caña.