26/08/11

UN PILOT ENORME

(Un regalo a Cortázar)









Desde el balcón de mi casa (de alquiler, precaria, no puede ser de otra forma) sentado en una silla de Ikea bastante incómoda, contemplo un obelisco. En realidad solo alcanzo a ver su parte posterior, un pico piramidal (piramidón en argot geométrico). Para ver el obelisco entero, remate de la plaza donde se ubica, necesito volcar el cuerpo hacia la izquierda, reposarlo en el borde de piedra del balcón. Si recupero mi posición en la silla y me dispongo a escribir, se vuelve piramidón. No puedo fijar la mirada en su (llamémosle) totalidad de obelisco y escribir al mismo tiempo. Para conseguir la simultaneidad observación-descripción tendría que estar abajo, con los pies en el asfalto, igual que un poeta social. Cuando me haya largado de aquí, ¿tendré que evocar la imagen del obelisco entero? No se construyen obeliscos para ser recordados a trozos. Y sin embargo desde mi balcón nunca alcanza a ser el completo obelisco que pretende. Puedo ver un fragmento, eso sí, que ahora me parece la punta de un Pilot (un bolígrafo Pilot, sin saber quién pilota a quién) ¿Podré recordar el obelisco así, como un Pilot enorme, para siempre?


Unos funcionarios municipales cambiaron la bombilla de una de las farolas de la plaza, realizaron su trabajo justo antes de que comenzara este relato. Segundo párrafo: los menciono y ya no están. Y no pasan coches (al comenzar a escribir, habían pasado unos cuantos). Tampoco el pakistaní montado en su bicicleta (prestada, precaria, no puede ser de otra forma). Calculó el ayuntamiento que catorce luces del color del cielo sin nubes alrededor de la plaza sumarían el número exacto de su modernización. Si me vuelco levemente, veo dos luces azules. Volcado del todo, alcanzo a ver cinco. Si no me vuelco: ausencia total de luces. Pasa un coche.


Hey, hola, ¿cómo estás?

Bien. De vacaciones.

¿Ah, sí? ¿Te quedas mucho tiempo o qué?

Que va, ocho días y me vuelvo para allá.

Para Barcelona.

No, ya no vivo en Barcelona. Vivo en Berlín. En septiembre me voy a Birmingham, a acabar la tesis. Y el año que viene, adonde encuentre trabajo.

Seguro que será en una ciudad que empiece con la letra B.

Pues precisamente me han hablado muy bien de la universidad de Bremen.

¿Lo ves? Pero bueno, ahora a disfrutar de Birmingham, ¿no? Allí también hay mucha tradición musical.

Me he propuesto no salir demasiado, la verdad.

Algo penetrará en tu habitación. La música es así.

La música es la pista.

¿Eso era un programa de televisión, no?

Ostras, pues no sé, lo he dicho por decir algo, así, inconscientemente.

Un gusano.

¿Perdón?

Todos esos títulos que tenemos grabados en la cabeza, vacíos de referente. También los ritmos de canciones olvidas, que revienen. Las llaman gusanos.

Me ha venido.

¿Otro gusano?

No, el mismo: La Música es la Pista. Era un concurso de la televisión valenciana. Cutre como pocos. Lo presentaba una modelo famosa. Una vez pillé a mi hermano pequeño haciéndose una paja mientras la miraba presentar el programa. La tía siempre se equivocaba formulando las preguntas.

Por cierto, ¿cómo está tu hermano?

Igual.

¿Tocándose?

Trabajando. Tiene una empresa de fertilizantes.

Ahora la cosa da frutos.

¿Y tú, qué tal?



Un Pilot enorme que dibuje el futuro de todos los que ahora mismo están planeando trazar, en el centro del verano, una línea de fuga. Si volcara mi cuerpo hacia la izquierda, dejaría de ser un fragmento, incluso podría evocar su historia, su construcción en honor del Archiduque Luis Salvador. ¿Merecía tal mamotreto? Prefiero quedarme quieto, consultar su biografía en la Wikipedia: erudito, mecenas, homo turista. De ahí tanto homenaje. Fue en un mirador también llamado del Archiduque Luis Salvador (pero aquí no se ve el mar sino un campo florido de antenas de televisión, discontinuo, coronando los edificios) donde el escritor Julio Cortázar vio el rayo verde: su tocayo Julio Verne murmurándole: “¿Lo viste al fin, gran tonto?”. Yo veo un Pilot enorme.


Cuando amanezca deberé ocuparme, despreocupado pero no indiferente, de fingir la continuidad de una vida más o menos corriente en que bajo al supermercado si se termina el café. Las cajeras leen mis ojos, por más que las quieran estigmatizar, no tienen un pelo de tontas. Una de ellas me cobra el último paquete de Café Rico, enciende el micro y dice: “Señorita Lola, acuda a Archiduque, fresco. Repito: señorita Lola, acuda a Archiduque, fresco”. En un flash, soy Julio Cortázar escribiendo que ha visto el rayo verde que describió Julio Verne desde el Archiduque Luis Salvador, nombre de aquel mirador y de la calle donde se ubica este supermercado, nombre también de la plaza, del obelisco que solo puedo contemplar parcialmente. A todo menos al Pilot enorme parece dar nombre ese señorito aristócrata que una cajera microfonada ha tildado de fresco. Le digo: “Menudo fresco, el Archiduque”. La cajera me mira como quien vislumbra un fantasma.




Mallorca, 26 de agosto de 2011


2 comments:

pots dijo...

"Un Pilot enorme que dibuje el futuro de todos los que ahora mismo están planeando trazar, en el centro del verano, una línea de fuga." Gran relato!
...lástima que la fuga, dibujada solo con un fragmento de pilot, se quede en una fuga parcial...

pots dijo...

"Un Pilot enorme que dibuje el futuro de todos los que ahora mismo están planeando trazar, en el centro del verano, una línea de fuga."
Lástima que una fuga, dibujada con un fragmento de pilot, se quede a menudo en una fuga parcial...
Gran relato!