Por ejemplo La Amante de Verano desde el balcón gesticulando un adiós con la mano, no es que Él distinga sus dientes brillantes desde tan lejos pero igual los imagina perlas, quién le va a rebatir, según como los mira, si por un momento se quita las Ray Ban, hasta se podría decir que es verdad que le brillan, sentado en el asiento de la parada del bus, a pleno sol, ardiente, con la mirada fijada en Ella y por largo tiempo se diría que Él también brilla, centellea, perfectamente consciente de que al fin está protagonizando una escena propia de una ficción amorosa, puta mierda de cotidianidad, le reconforta más esa sensación que cualquier otra cosa, Ser El Amante de Verano, bien podría haber sido cualquier otro, es verdad, pero esta vez fue a él a quien le tocó la lotería de habitar ese otro lado, incapacitado para trazar una línea de separación entre cuánto hay de estereotipo y cuánto de reconciliación con la vida en Ser el Amante de Verano regocijado en la contemplación de La Amante de Verano antes de que el bus haya frenado en su cara y después de haberse tragado el humo quede ya solo el recuerdo, aún más embellecido, como conservado en caramelo líquido, Ella encaramada al balcón, su cabello enmarañado, con un solo pelo hubiese bastado para que la policía científica calculara rápido los grados Kelvin de pasión que alcanzaron ambos la noche anterior, y La Amante de Verano solicita mediante un grito algo atenuado por los cipreses a través de su tópica sombra alargada una última promesa de difícil cumplimiento: “¡Si te haces pajas, que sean todas pensando en mí!”.
01/09/11
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