MARCOS JÁVEGA
Mar y yo estábamos en el salón. Ella, desnuda, corrió a meterse en el dormitorio al oír el chirrido. Al menos yo llevaba puesto los calzoncillos. Aún así permanecí quieto frente el ordenador, rígido y dispuesto a enfrentarme a lo que entrara por la puerta, fuera lo que fuera. Estábamos pasando unos días en Barcelona, alojados en casa de Salva. Buscábamos piso en la ciudad mientras él quemaba sus vacaciones en una casa rural. Es el único amigo que conservo de mi infancia en Palma. Trabaja como fiscal, en Barcelona. Como todo hijo único, imaginé muchas veces quién sería el equivalente al hermano mayor que nunca tuve y ese es para mí Salva, lo cual tiene mérito, siendo siete meses más joven que yo. Mientras yo llego tarde a todo, él siempre se adelanta. Como es un hermano mental, no hay padres mutuos que nos puedan comparar. Aunque conozco bien su estilo, afianzado de nuevo esa noche en que apareció en su propia casa a eso de las cuatro de la madrugada cuando no se le esperaba, nunca deja de producirme sorpresa. Fue tras el estallido de dicha sorpresa cuando digamos que pude oler el humo y razonar: vale, es normal, Salva Siempre Llega Antes. Debo apuntar que ni Mar ni yo somos naturistas. Tampoco estábamos en medio de algún prolegómeno sexual. Ella estaba preparando una sesión auto-fotográfica de desnudo. Y yo escribiendo, muy acalorado. De ahí nuestro atuendo. Aunque el verano en la ciudad resultaba asfixiante, renunciamos a encender el aire acondicionado por no encarecer la factura de electricidad.
Entró en su casa, se quitó la camisa empapada de sudor y me la lanzó a la cara. Yo conocía bien ese ritual. Lo empleaba Salva en la niñez para dar comienzo al juego violento que él mismo bautizó años atrás como carga policial. Por un instante pensé que el revival terminaba allí. Cuando le vi correr hacia mí, con la palma apretada en puño como buen palmesano, percibí sus intenciones. Estaba muy borracho y el alcohol le había encendido la nostalgia de la adolescencia. No sé si de la primera o de la segunda. No importa, igual tuve que apresurarme a contraer los músculos de la barriga tanto como fui capaz para recibir su puñetazo etílico-juvenil. Me pegó fuerte. Como en los tiempos de colegio, le grité: “Fill de puta, cabró!”. Tras mi insulto fingió lo mejor que pudo su actitud adulta. Y vaya si lo hizo. Me contestó: “Fill de puta? (omitió lo de cabró, siempre tan sincrético) Amb tot lo que he fet per tu”. Y tenía razón, ha hecho mucho por mí, tal vez por eso recuperó su porte vituperante, de abogacía. Con ese rostro censor podría haber comparecido en cualquier tribunal, solo que iba con las tetas al aire. Salva es uno de esos hombres con los pechos puntiagudos.
Fue solo un flash. Pronto iba a recuperar la condición que el alcohol le había despertado: chaval que vuelve de marcha cegado como una borrachera pintoresca y le da el punto de limpiar la casa con una espuma que su madre le ha recomendado por teléfono (“Compra-la, Salvador, amb aquesta marca basta que freguis un pic per setmana”). Ante mi impasible mirada, el señor fiscal decidió estrenar aquel producto de limpieza en medio de la noche, inundando el pasillo que comunica el recibidor con el salón con más o menos un metro de espuma blanca. Me permití la licencia de advertirle que eso no podía ser bueno para la madera y él me rebatió con una reprimenda: que yo no tenía ni idea de cuán evolucionados estaban hoy en día los productos de limpieza. Volvía a tener razón. No estoy muy informado de esas cosas, me excusé. En temas de higiene del hogar sigo siendo un clásico que confía más en cualquier líquido fregasuelos barato, que sea de color azul y no huela a piscina municipal. O tal vez solo sea lo de siempre, que no me fijo. Estaba tratando de hacerme entender (me cuesta tanto, con Salva), aplicando mi cosmovisión a los productos de limpieza, cuando descubrí que habían entrado en su casa dos individuos además de él:
Individuo nº 1: Joven vestido íntegramente de negro como un poeta maldito, bigote, pelo enmarañado y aspecto de chileno (¿Quizá argentino?, me pregunté. ¿Traficante de manos?, me pregunto ahora. Me pasa con la existencia misma: cuánto más tiempo pasa, menos sentido le veo). Sereno, silencioso y observador, se sentó en la encimera de la cocina y no disparó una sola palabra.
Individuo nº 2: Manu Numantino, actor de televisión mallorquín que canta en un grupo de folk bucólico-pastoril. A éste lo conocía porque posó en una sesión de fotos para Mar (posó vestido). Se me antojó un exceso de confianza, quizá un misterio, que me llamara Chantilly Clásico. “Ahí, ahí, ese Chantilly Clásico de los que no quedan”, fue lo que me dijo, también bastante ebrio.
Salva se me acercó y me susurró que no sabía cómo quitarse de encima a esos dos hombres. Se los había encontrado en una discoteca y habían acabado subiendo a su casa a tomar la última copa. Por un momento dudé de la sexualidad de Salva. No fue la única posibilidad que contemplé: ¿puede que estuviera enganchado a alguna pastilla de diseño y aquellos fueran sus camellos? Fue pensar en la droga y saber que se trataba de un sueño. Lo olvidé al comprobar que la espuma se había evaporado, dejando sobre el mueble y el perchero unas manchas moradas. La espuma era blanca. Sus manchas, amoratadas. Como marcas de puñetazos o nubes en el cielo de Palma tras una lluvia de verano. En fin, las manchas que por una vez quitaban la razón a Salva.
Y Tesina empezó a ladrar. ¿Qué diablos hacía nuestra perra ratera en casa de Salva? ¿La había traído Mar sin decirme nada, colocándole un Valium en su lengua áspera y metiéndola en una bolsa de equipaje? Me llegó a desquiciar, tanto interrogante saturando como spam la bandeja de entrada a mi mente, mientras Tesina ladraba de esa manera tan suya que si suena el interfono ya puedes olvidarte de entender lo que intentarán comunicarte desde abajo porque, por mucho que te esfuerces en concentrar tu oído como un ninja auditivo, todo el espectro sonoro van a ocuparlo sus ladrido-chillidos. Intenté acallarla pronunciando su nombre, “¡Tesina!, ¡Tesina!”, la verdad es que era una situación bastante ridícula. Y los míos eran unos gritos con frenillo, susurros chillones, imbéciles imitaciones de gritos auténticos por no querer despertar a los vecinos. Salva se ocupaba de salvaguardar uno de sus más estimados caprichos de soltero, el cojín gigante de los Seattle Seahawks. Quise explicarle que nuestra perrilla no es de las van mordiéndolo todo, que simplemente ladra como si llegara el apocalipsis, pero bastante tenía con la tarea de introducir mi mano en su pequeña mandíbula, la técnica que se me ocurrió para tratar de calmarla. Entonces fue cuando sentí la rampa y tuve que escuchar su terrible aullido de muerte. Con el corazón constreñido, vi su dentadura arrancada por completo de su boca, toda clavada en mi mano.
Me desperté y vi que me colgaba fuera de los límites de la cama. La tenía dormida, de ahí la rampa. Me la palpé con la otra. No sentí el tacto. No lo iba a sentir nunca más. Lo supe de una manera ilógica pero irrebatible hasta para un fiscal: la sensibilidad de mi mano derecha se había quedado en el sueño. Todavía estábamos en Palma. Era temprano y Mar dormía. Me levanté, me preparé un café así como pude, usando la izquierda. Me sentí aliviado cuando vi a Tesina tan viva, olisqueándome como si hubiera sentido un hedor, la peste de su muerte onírica. Aunque al principio me costó y la gente te miraba raro, te acostumbras a usar una sola mano. No me quejo (a Cervantes no le fue mal). Todo esto, sin ir más lejos, lo escribí con la izquierda. ¡Suerte tuve de ser zurdo desde pequeño! Ahora que hemos podido alquilarnos un piso en Barcelona gracias a la paga por minusvalía, leo que el Partido de la Neoderecha Originalista, favorito para las elecciones, va a suprimirla si las gana. En ese caso tendré que cercenarme la mano derecha, depositarla en un sobre acolchado y enviarla certificada al Ministerio de Asuntos Sociales. Total, no la necesito ni para jugar mis partidas de petanca, un suave deporte postrero que entusiasma a marginales, ancianos y estraperlistas.
Barcelona, 24 de septiembre de 2011
(Relato escrito en el breve descanso de una mudanza, publicado originalmente en el fanzine Petanca, Cofradía de la Pirueta #5. La ilustración es obra de Mirena Ossorno)

1 comments:
Esta mañana lancé un comentario, pero creo que no fue admitido por Blogger.
Venía a decir que el relato de la "Mano izquierda" me estuvo rebien; y que el resto del fanzine también está la mar de divertido (especialmente la intro y esa distopía de un mundo lleno de cachas).
Ah! Y que espero que publiques por aquí el poema de la Petanca, ese que versionó Borges unas décadas atrás.
abrazo.
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