


Carta robada, Carlos David, Larry Bianchi.
Conozco tu secreto, hijo de sa-
bes que te admiro.
Tu infancia fue un mapa de América: de norte a sur y viceversa.
Sé que en los 70 faltabas a tus clases en la Universidad de Maryland
para meter goles en París y Buenos Aires.
Tus compañeros de vestuario todavía se ríen recordando tus monólogos.
¿Cómo aguantaste el ritmo en los 80? ¿Desvelarás algún día tu secreto?
Late Show Fridays, Saturday Night Live,
despedidas a la francesa de madrugada, charters NYC–PAR, jet-lags,
y los domingos por la tarde, centelleante, a enseñar el fútbol alegre.
¿Ningún periodista galo en rueda de prensa sospechó de tu cómico alter ego?
¿Cuánto tiempo lleva muerto el journalisme?
Sé que de vuelta a la Argentina en los 90,
la conexión entre Américas te pareció un juego de niños.
Ganabas títulos, tus equipos eran ácidos y corrosivos, tu humor era un mina.
Tu amigo Seinfeld se reía, era de los pocos que lo sabía.
La serie, un exitazo. El público yanki, ni idea de tu doble vida.
¿Escribes mejores guiones que planteamientos ofensivos?
La pregunta es idiota, si compartís cerebro.
Te tomas el fútbol como una risa, el cine como el deporte virrey.
¿La vida es un juego al que hay que hacerle burla?
¿Es la lección que debemos leer entre líneas?
XXI Century Citizen, ya ni siquiera escondes tu parecido,
cuanto más lo muestras, menos sospechan.
Que la cosa funciona es evidente, loable.
Y aunque casi nadie capte tu evidencia,
la admiración a tu alrededor se multiplica por vía doble,
lectores de tus goles, hooligans de tu ironía,
sendos caminos van a dar a tu conciencia,
maestro del engaño, duplicada ficción en movimiento,
moneda de doble cara que escondo en mi cartera.
Larry Bianchi, Carlos David, conozco tu secreto.
Déjame contárselo a alguien.
Marcos Jávega

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