20/12/11

[Larry Bianchi, Carlos David]



















Carta robada, Carlos David, Larry Bianchi.

Conozco tu secreto, hijo de sa-

bes que te admiro.

Tu infancia fue un mapa de América: de norte a sur y viceversa.

Sé que en los 70 faltabas a tus clases en la Universidad de Maryland

para meter goles en París y Buenos Aires.

Tus compañeros de vestuario todavía se ríen recordando tus monólogos.

¿Cómo aguantaste el ritmo en los 80? ¿Desvelarás algún día tu secreto?

Late Show Fridays, Saturday Night Live,

despedidas a la francesa de madrugada, charters NYC–PAR, jet-lags,

y los domingos por la tarde, centelleante, a enseñar el fútbol alegre.

¿Ningún periodista galo en rueda de prensa sospechó de tu cómico alter ego?

¿Cuánto tiempo lleva muerto el journalisme?

Sé que de vuelta a la Argentina en los 90,

la conexión entre Américas te pareció un juego de niños.

Ganabas títulos, tus equipos eran ácidos y corrosivos, tu humor era un mina.

Tu amigo Seinfeld se reía, era de los pocos que lo sabía.

La serie, un exitazo. El público yanki, ni idea de tu doble vida.

¿Escribes mejores guiones que planteamientos ofensivos?

La pregunta es idiota, si compartís cerebro.

Te tomas el fútbol como una risa, el cine como el deporte virrey.

¿La vida es un juego al que hay que hacerle burla?

¿Es la lección que debemos leer entre líneas?

XXI Century Citizen, ya ni siquiera escondes tu parecido,

cuanto más lo muestras, menos sospechan.

Que la cosa funciona es evidente, loable.

Y aunque casi nadie capte tu evidencia,

la admiración a tu alrededor se multiplica por vía doble,

lectores de tus goles, hooligans de tu ironía,

sendos caminos van a dar a tu conciencia,

maestro del engaño, duplicada ficción en movimiento,

moneda de doble cara que escondo en mi cartera.

Larry Bianchi, Carlos David, conozco tu secreto.

Déjame contárselo a alguien.


Marcos Jávega

19/12/11

Cómo Conocí a Vila-Matas


















1

Si alguna vez hubiera podido asistir a una conferencia de los autores de Superman, no se me hubiera ocurrido esperarlos al final del acto para comprobar si se marchaban volando. En cambio, de Vila-Matas, uno espera que se comporte como el personaje que protagoniza sus novelas: el escritor que responde al nombre de Vila-Matas. Así que me esperé. Y no me defraudó. Semanas más tarde, en una conversación que mantuvo en el teatro Romea de Barcelona con el cineasta y escritor Gonzalo Suárez, a éste se le ocurrió comentar, en tono campechano, que ambos no dejan de ser personas corrientes que, al sentir un apretón, buscan con premura un toilette. Vila-Matas le interrumpió de golpe. «Escatología aparte, querido amigo, eso no es así y tú lo sabes. Nuestra mirada hacia el comportamiento humano es cualquier cosa menos corriente. Y cuanto más pasa el tiempo, más se encrudece, más marciano me siento». En serio: solo le faltó salir volando.

Vila-Matas no se desprende del disfraz en ningún acto público. Y no me refiero a sus elegantes trajes de dandi –o más bien de shandy–. Hablo de su personaje. Comentario aparte merecen sus miradas, de sabio Peeping Tom, de entrenado vouyeur. Cruzamos unas cuantas, créanme. Oh, sí, sé bien que se acordaba de mí. De unas semanas atrás, en otra charla pública. El día en que conocí a Enrique Vila-Matas.



2

El jueves 4 de noviembre de 2011, cuando pocos lo esperaban, la novela París no se acaba nunca (Anagrama, 2003) regresó a la actualidad informativa. Sucedió en el museo Picasso de Barcelona, en una charla de Enrique Vila-Matas, ligada a la exposición Devorar París. Picasso 1900-1907. En el mundillo literario solo se acostumbran a celebrar actos con escritores predispuestos a hablar sobre su última publicación. De modo que entendí que aquel acto, convocado ocho años después de una obra absolutamente maravillosa con la presencia del autor, suponía una excepción de obligada asistencia. Me enfundé la americana más parisina que encontré en el armario y me personé en el museo.

Sus manos. Menuda broma fantástica. Si alguna vez tuvieran la oportunidad de acudir a uno de los escasos actos públicos en los que Vila-Matas se deja ver, no olviden fijarse en sus manos. Nunca había visto a un sexagenario con manos de niño. Unos dedos tan brillantes, tan afilados, eternamente jóvenes. Y no es una metáfora. No sé si se aplica cremas hidratantes, o se las baña en refinados aceites, o qué demonios hace, pero a fe que esas manos a contracorriente del tiempo no se corresponden con su edad real.

¿Realidad o ficción? Vila-Matas se autocondenó a esta interrogación perpetua. Y le encanta. Son tantas sus bellas mentiras, sus falsas citas atribuidas a enormes escritores de lo mínimo, su capacidad de inyectar verosimilitud a la invención, que siempre alguno le acaba pidiendo cuentas por todo ello. Algunos despistados llegaron a dudar, en la ronda de preguntas, sobre la existencia de La asesina ilustrada, título disponible en cualquier librería de Barcelona. Una novela ideada durante los dos años que pasó en Francia y que, en París no se acaba nunca, le sirve para expresar la inseguridad universal del cachorro que desea ser escritor y para reírse de su propia figura con refinada ironía y sentido del humor. Mi gran descubrimiento en aquella tarde de noviembre fue que, en la vida real, Vila-Matas se ríe como un marciano. Aprieta mucho la boca como si la risa fuera un gas que debe mantener en el fondo del cuerpo y tenga miedo a quedarse sin.

Sobre sus juegos de citas, Vila-Matas confesó que la traductora de sus obras al inglés lo pasa fatal, metro arriba, metro abajo, visitando las bibliotecas donde poder dictaminar cuáles de sus citas son verdaderas y cuáles no. Su traductor en París, en cambio, se ha vilamatizado tanto que ya las traduce tal y como el autor las formuló. De modo despreocupado, distinguido. Y afrancesado, claro, de lo contrario para qué pagarle. Francia es el país donde más se valora la literatura de Vila-Matas. Mientras que en España Chet Baker piensa en su arte (DeBolsillo, 2011) está pasando algo desapercibida por haberse editado junto a otros textos no recientes, en el mercado francés se ha publicado como nouvelle autónoma y está generando un debate crítico sobre el rumbo de la literatura en lo años venideros, según palabras del autor. No es de extrañar que Vila-Matas aprovechara este dato para definirse como «un escritor francés que escribe en español».

«Duchamp es el único mito que aún no se me ha caído», confesó, «no he encontrado un Duchamp en literatura». «¿Tal vez Borges?», propuso el escritor Jorge Carrión, conductor del acto. “Eso está bien visto. Entonces, el Duchamp de la literatura es Borges». En París no se acaba nunca, Vila-Matas cuenta que asistía a conferencias de Borges o de Perec para verlos de verdad. Se quedaba hasta el final del acto y los espiaba. En un capítulo, escribe que se quedó frente a frente con Perec y este le espetó: «El mundo es grande, joven».

La charla terminó, el público abandonó la sala poco a poco, y yo me quedé espiando a Vila-Matas. Me disparó unas cuantas miradas a lo Johnny Guitar. Cuando al fin nos quedamos solos, él, yo y una encargada del museo, se me ocurrió sacar del maletín mi edición de bolsillo de París no se acaba nunca. Aquel día el autor no deseaba firmar ejemplares pero el libro era lo que tenía más a mano para disimular mi tarea de espionaje. Vila-Matas observó esa anomalía –un falso espía imitando sus andanzas pasadas– y reaccionó comentándome en voz alta: «Te has colado». Me dibujó un shandy con gabardina y sombrero.



3

Si algún medio serio publicara esta crónica, quizá la terminaría donde escribí sombrero (Chapeau!).

Desempleado pero no indiferente, debo añadir aquí que la encargada del museo se me quedó mirando con una sonrisa picassiana, mezcla rara de inquisición y ternura. Me puso de los nervios. Algo tenía que decirle a esa desconocida para no quedar como un autista, ante ella y Vila-Matas. «Quería verlo de verdad», me salió. Fui yo el primer sorprendido de mi ingenio.

Quizá carezca de futuro y nunca vaya a ser capaz de acceder a las imágenes primeras de mi pasado, pero ya puedo contar que en una ocasión intertextualicé con Vila-Matas. «Y es bastante más de lo que jamás soñaríais en mil vidas», cantaba Nacho Vegas en El hombre que casi conoció a Michi Panero.

Marcos Jávega

01/12/11

TÚ LO QUE QUIERES ES QUE RECUERDE EL TIGRE




Que ya esté en marcha el acto y que yo llegue apresurado y tenga que abrir la puerta del auditorio con cierto miedo a entrar de cara al público me resulta algo tan habitual que hace tiempo aprendí a reírme de esa angustia, de ahí que entre mi risa sombría y mi brillante pavor me estuviera columpiando como cuando de niño daba toques a una pelota de papel de plata convencido de que no había tanta diferencia entre el envoltorio del bocadillo y el balón oficial del Barça sin pensar ni un segundo en lo desconocido ni en la miseria (ni en la miseria de lo desconocido ni en lo desconocido de la miseria) en el momento en que abrí la puerta del auditorio, si bien es cierto que al público no alcancé a verlo por culpa de la ducha de luces blancas, rojas y azules con la que me rociaron los focos, era consciente de su presencia, incapaz de determinar su número pero sí su expectación ante la escena, un antiguo jefe o profesor de una vieja asignatura totalmente borrada de mis recuerdos que me pasó su mano de lija por el sudor de mi nuca, yo sentí una grima eléctrica y él me formuló una pregunta a través de un micrófono que llevaba sujeto de la oreja a la boca: «¿Recuerdas cuando te llevaron a ver el tigre?», yo no recordaba haber visto nunca un tigre ni siquiera de sentir el más mínimo interés por los safaris, las fieras en cautiverio, ni nada parecido a los tigres reales, de ahí que en seguida pensara en los tigres de la literatura, así fue, tigres de libro que en principio me llevaron a descartar a los tigres de cine que también venían a mí tamborileando sus garras en el parquet del auditorio pero que desaparecían justo al atravesar el campo de luces azules, rojas y blancas, supongo que porque llegaban arrastrando tras ellos su mundo-circo, y la verdad es que desde la infancia ya desconfiaba de las gentes del circo, de sus pieles agrietadas al sol cuando los veía fuera de la carpa, sí, era ese tipo de niño, siempre excediéndome en los límites de la percepción, sospechando incluso que aquella vieja expresión lingüística, feroz, que viene a evocar la mala suerte a través de un empresario circense cuyos enanos asalariados cometieron la osadía de crecer, no era más que una prosaica metáfora sobre una hinchazón en los testículos del usurero al que se le hundió el negocio así que sí, pensé en los tigres de la literatura, que si el tigre doméstico de Cortázar, que si los tigres azules de Borges, que si los tigres de Malasia de Salgari, que si Crouching Tiger, Hidden Dragon, sí, sí, sí, debo insistir en que los tigres de celuloide también venían a mí aunque nunca llegaran a rebasar el negativo fotográfico, «Recuerdo que me llevaron al cine», le dije al presentador de la mano de lija, que se apresuró a replicarme: «Pequeño desalmado», «Pero oiga..», intenté reprenderle sin éxito pues yo carecía del poder del micro, «Pequeño desalmado –subió el volumen, pero no se cómo, tal vez aquel rufián era de los que saben mover las orejas–, ¿tú dónde encuentras consuelo, en la ficción, que es mentira, O EN LA VIDA?», el tipo casi quema los altavoces con su grito incómodo y yo aproveché el estruendo para echar la vista atrás, no simbólicamente sino literalmente mirando lo que había a mi espalda y comprobé que había dejado entreabierta la puerta de la entrada, que bien podía ser de salida, de modo que corrí, corrí igual que una liebre y otra vez la risa y el miedo bailando en mi cerebro su vals de bodorrio, de cogorza y de pánico imaginando en plena escapada la fábula de la liebre y el tigre, que no sé si existe pero yo la veía posible, y así fue como pude escapar de tanta pregunta arenosa, microfonada y áspera y luego ya en pleno confort la encargada de la biblioteca me susurró que la conferencia que yo buscaba no se impartía en el auditorio sino en una sala pequeña, al fondo, a la izquierda, «entre, entre, si apenas vinieron asistentes».

Marcos Jávega
Cuento publicado originalmente en la revista mexicana Bonsái