Llegó a la Puerta del Sol, tanto tiempo imaginada. Contempló el paisaje. Demasiados turistas. Ella era una; otras sus intenciones. Vio cabellos lacados, bufandas claramente sintéticas, botas superpuestas a los bajos de los tejanos. Where's the Spanish Revolution?, se preguntó, víctima del desequilibrio sanguíneo de quien pisa un desnivel entre lo prefigurado y lo real. Había viajado a Madrid por el espíritu del 15M. Ocho meses después, ni rastro. Decepcionada, bajó la vista. Vio a un mendigo sin piernas, enraizado cual sauce a un cuadrado de tierra. Aquel medio hombre ni lloraba ni vestía ropas de abrigo. Solo una camiseta ancha y sin mangas que mostraba sus poderosos bíceps –y tríceps, esencia de la vigorexia–. Pensó que aquella musculatura nacía de la doble función de sus brazos-piernas. Dejó caer una moneda de 50 céntimos y le preguntó por los indignados. «Como vinieron, se fueron», contestó tomando la moneda del suelo. «¿No tendrías un eurito por ahí?». Le echó 50 céntimos más, que resonaron al impacto contra el asfalto. «¿Es que no tienes un euro entero?», protestó el musculado pedigüeño, guardándose ambas monedas en el bolsillo del pecho. «Hombre... qué cosa... pro...», el español de la joven era precario. «Disculpas... señor... engendro...», prosiguió con una serie de palabras que no pudo concluir. Tomando impulso no se sabe cómo ni con qué, el lisiado se encaramó como una fiera a su cabellera rubia. Si algún turista tomó fotos –que hubieran retratado a esa especie de animal mitológico, hermafrodita de cuerpo y medio, que por unos instantes formaron–, ella no lo pudo saber. Entonces lo vio todo negro, su cabeza prensada por una fuerza hercúlea, aromas de salitre, humedad y roña expelidos por las axilas del monstruo. Entre una cosa y otra, se desmayó. Cuando despertó, los indignados todavía estaban allí.
Marcos Jávega

0 comments:
Publicar un comentario en la entrada