Cómo evitar que pongan un McDonald's donde hay una librería



Esto no es una crónica. Tampoco una guía de conducta. Se ofrecen tres claves que, al ser de uso personal, cualquiera podría rebatir. Se trata, para ser preciso, de la historia de un día que me sentó mal el desayuno y de todo lo que hice para remediarlo. Fue un martes de principios de enero. Nada más levantarme, leí en la prensa online que iban a poner un McDonald’s donde hasta entonces había una librería familiar llamada Catalònia. Yo nunca la había pisado. Y eso que estaba ubicada en Ronda Sant Pere, no muy lejos de mi casa. ¿Acaso debía sentirme culpable? Me produjo fuertes ardores pensar en hamburguesas a esas horas de la mañana. En mi estómago había un café solo. En mi conciencia, aquella noticia penosa. Así que a la semana siguiente, aprovechando que iba a empezar a escribir para la revista Barcelonés, decidí plantar cara a la gran máquina hamburguesizadora. Visitaría un barrio que no fuera el mío y me compraría un par de libros.
Se hacía necesario el diseño de un plan. La operación se iba a centrar en el barrio de Gràcia. Primero iría a Taifa Llibres. Había visto en internet que disponían de un ejemplar de segunda mano de La ópera flotante de John Barth. Me gusta ese autor norteamericano. Disfruté especialmente de El fin del camino (Edhasa, 1981, lo conseguí en Tikva Books, una librería de Madrid que oferta su catálogo a través de la web iberlibro). Como quedé prendado de su prosa vagabunda y su forma de asumir el absurdo, me interesaba hacerme con un ejemplar de su debut literario. Disfruto leyendo las primeras obras de mis autores favoritos. Es cierto que La ópera flotante puede encontrarse sin dificultades en formato pdf, pero a John Barth hay que leerlo en papel. Lo sé de buena tinta. Merece la pena gastarse 6 euros por un libro tan difícil de conseguir. Por ese precio, en un McDonald’s, uno puede zamparse dos hamburguesas de pollo sospechosamente crujientes, con mayonesa y lechuga. La última vez que las probé fue en el Moll de la Fusta, tras un concierto de Pegasvs. No se culpe al grupo de mi mala elección alimenticia. Que me preocupe por mantener mi estómago libre de inmundicias sería una primera clave si me propusiera escribir un decálogo para evitar que pongan un McDonald’s donde hay una librería. No descarto que se trate de un sofisma.
Después iría a Pequod. Por cómo se promocionaban en las redes sociales, me parecían libreros amables. Consulté su web. Busqué El desayuno de los campeones, una novela desternillante de Kurt Vonnegut. Visto que fue desayunando cuando empecé este texto que reniega de la forma de una crónica, fue inevitable recordarla. La leí hace años, prestada de una biblioteca. Me apetecía poder releerla cuando quisiera. En mi primer intento por adquirirla, había fracasado. Fue antes de navidad. Acudí a probar suerte en La Central, una de las librerías de Barcelona donde saben satisfacer al lector exigente. Allá me aseguraron que no la encontraría en ninguna librería convencional. En cambio, en el catálogo de libros usados de Pequod, vi que ellos la tenían (¿ergo Pequod se trataba de una librería poco convencional?). Era mi oportunidad para hacer más digestivos mis desayunos. No indicaba el precio, imaginé que podría asumirlo. Debo explicarme: no es que sea un fetichista que prefiere los libros descatalogados per se. Ocurre que casi siempre que busco un título que responda a mis intereses inmediatos, resulta que ha sido apartado del así llamado circuito comercial español. Las culpas, a la industria. Quizá aquí radicaría una segunda clave si quisiera evitar que pusieran un McDonald’s donde hay una librería: no basta con redactar manifiestos ideológicos en favor de las librerías pequeñas. Hay que pasar a la acción. De lo contrario, tus teorías se asemejarán a la comida basura. Además, te conviene frecuentar librerías que respondan a tus gustos, aunque los estudios de mercado se complazcan en denominarlos como poco convencionales. ¡Rastrea! ¡Compra! ¡Saborea! Los libreros te darán las gracias por lo segundo.
Si yo terminaba el día con ópera y desayuno en mis manos, mi aventura minúscula se habría cumplido. A la mañana siguiente, Taifa y Pequod seguirían siendo librerías. Yo dispondría de mis libros. Y el payaso Ronald McDonald tendría que ir buscándose otros locales. Así que me enfundé un sombrero tirolés y el abrigo más invernal del que dispongo y balanceé mi esqueleto por las catacumbas del metro, en dirección a la estación de Fontana. Como siempre que me siento en el vagón entre dos chonis que comparten los auriculares de una misma blackberry, tuve que renegar del materialismo del mundo moderno. Me interesan muchas cosas, pocas me entusiasman. Nadie me saluda en el metro. No llamo la atención, ni siquiera con sombrero. Puede que mi cara sea la más corriente de Barcelona. Es raro, pues yo no nací en Barcelona. Según el National Geographic, tomando las fotos de carnet de todos los habitantes de una ciudad, puede conocerse su cara más común. Esa cara no existe. Se trata de una abstracción. El rostro de lo utópico. Podría titular mi sección La cara más común de Barcelona. No iba a descifrar intrigas, ni me arriesgaría en terrenos hostiles. Tampoco vendería mi experiencia como información preciosa. No escribiría una crónica.
Igual que las cocinas huelen a comida, a nadie puede extrañar que las librerías huelan a libro. Entré en Taifa con sigilo y avancé directo a la sección de segunda mano. Descansando, en la letra B, me esperaba el amigo Barth. Cualquier arreglo de cosas supone un orden. Si los libreros clasifican sus productos alfabéticamente, tomando la inicial del apellido del autor, es porque les preocupa cierto orden. Yo lo entiendo como una ventaja, sobre todo comparado con un mercadillo o una de esas librerías de viejo donde apilan sus ejemplares como piezas de fruta. En Taifa no fuerzan a nadie a introducirse en ese caos. Opinan que, con lo caótico que es el mundo de puertas para afuera, hay más que suficiente. Su trozo de universo, lo quieren ordenado. Sería ingrato no agradecérselo. Encontré La ópera flotante con facilidad: era una edición preciosa, de 1980, a cargo de Ediciones del Cotal, en cuyo logo distinguí a un peluquero clásico, con mostacho, cortando el pelo a un cliente. Esperando mi turno para pagar, el librero, joven y barbudo, desplegó ante mis ojos toda una lección de oficio, como si supiera que estaba siendo espiado para la revista Barcelonés. Una señora perfumada y sollozante se quejaba porque el libro que los Reyes Magos le habían dejado en el árbol no era el que ella había pedido. Aunque tenía cincuenta años, o más, se expresaba igual que una niña consentida. Incluso moqueaba. El librero, demostrando dotes de psicoanalista, supo calmarla: «En otras librerías no se lo cambiarían. Aquí, sí». No solo le cambió el libro por otro, sino que le hizo saber a la señora que en la librería filial de un gran grupo empresarial no le hubieran permitido ese tipo de cambios, ni mucho menos esos lloriqueos tan poco acordes con su edad madura. En efecto: el librero de Taifa era un estratega de cuidado. No iba a ponérselo fácil a quien quisiera transformarlo en hamburguesero. Antes de cobrarme, tuvo tiempo de asegurar a otra chica con cara de frío que iba a encargar el libro que ella había pedido aunque al final no terminara comprándolo. Lecciones, lecciones de librero. Cuando pagué por La ópera flotante, evité comentarle que esta situación iba a aparecer en Barcelonés. Taifa funciona como un tren en marcha.
Tardé mucho en llegar a Pequod Llibres. Serían las 9 de la noche. Tuve la idea de caminar leyendo. Debería abandonar esta costumbre dieciochesca. Busqué la calle Cambridge, la plaza de Maryland y el paseo del río Virginia. Confundí, como suele decirse, ficción y realidad. Un malabarista interrumpió mis pasos para pedirme fuego. Pensé en Prometeo y en un verso de Unamuno: «El hambre atroz que nunca se le apaga». Mejor si lees en casa, tuve que advertirme. Cuando al fin llegué a Pequod, nombre del barco ballenero (y multicultural) de Moby Dick, me pareció que entraba en el despacho de una lectora insumisa que ha decidido poner sus tesoros a la venta. Le pregunté por El desayuno de los campeones. Ella me dijo que ya lo había vendido. Quizá la tercera clave para evitar que pongan un McDonald’s donde hay una librería sería comprarme libros que no me había propuesto de antemano. Cambiar de dieta. Trazar un orden y luego emborronarlo. Dejar de establecer comparaciones entre hamburguesas y libros. Abrir una página de uno que llame mi atención (esta vez fue una edición rara del Satiricón de Petronio), tomar una frase al azar y tragármela: «Si del arte severo los magníficos efectos amas, huye del lujo y de la gula». Pagué por el libro y me largué. Cualquier lector hambriento sabrá olvidarse de estas claves.


(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el jueves 17 de enero de 2013)

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