Último encuentro con Roberto Bolaño


Visité la exposición ‘Archivo Bolaño‘ en el CCCB y tomé unos apuntes de lo que allí pude leer.

Dentro de mil años no quedará nada de cuanto se ha escrito en este siglo. Leerán frases sueltas, huellas de mujeres perdidas, fragmentos de niños inmóviles, tus ojos demoníacos lentos y verdes simplemente no existirán. Será como la Antigua Grecia, aún más distante, como una playa en invierno para otro asombro y otra indiferencia.
Excelente idea: deberán cortarles la cabeza a todos los muertos. Ataúdes con cuerpos descabezados. O bien: poner las cabezas entre las piernas de los muertos. Y eliminar todo amor. Algo así está más que merecido.
No puedo registrar las frecuencias velocísimas de la realidad.
El asesino duerme mientras la víctima le toma fotografías.
En la agencia de detectives de mi mente.
Escribiré cuadernos de 200 páginas cada uno, a ver si desde allí sale algo que valga la pena, que no esté escrito ya, y que respire amor, piedad, deseos de ser piel roja.
Era en los días que estaba obsesionado en construir un ciborg capaz de soportar cualquier intensidad de desamor.
Amo a tu patria, escribe una niñita chilena y protesta por los exiliados. Ellos deben volver, dice, amar a su patria. Está bien. Pero es una lástima que no me pueda contar entre ellos. Yo no amo mi patria.
El desprecio que sentía por la así llamada literatura oficial era enorme, aunque solo un poco más grande que el que sentía por la literatura marginal.
Mejor aprender a leer que aprender a morir.
¿Cómo reconocer una obra de arte? ¿Cómo separarla, aunque solo sea un momento, de su aparato crítico, de sus exégetas, de sus incansables plagiarios, de sus ninguneadores, de su final destino de soledad? Es fácil. Hay que traducirla. Que el traductor no sea una lumbrera. Hay que arrancarle páginas al azar. Hay que dejarla tirada en un desván. Si después de leer todo esto aparece un joven y la lee, y tras leerla la hace suya, y le es fiel (o infiel, qué más da) y la reinterpreta y la acompaña en su viaje a los límites y ambos se enriquecen y el joven añade un gramo de valor a su valor natural, estamos ante algo, una máquina o un libro, capaz de hablar a todos los seres humanos: no un campo labrado sino una montaña, no la imagen del bosque pero sin el bosque oscuro, no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor.
Toda disciplina tiende a su disolución.
A lo que uno teme es al dolor o, en otro orden de cosas, a la posibilidad de dejar inacabada una tarea.
Llegará el día en que no hagamos tantas cosas como ahora hacemos juntos. Dormir abrazados. Cagar el uno al lado del otro sin vergüenza alguna. Jugar con la comida en el pasillo de nuestra case en la calle Aurora. Este pasillo débilmente iluminado que sin duda conduce al infinito.
De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiere aguantar más.
No viene al caso decirlo ahora pero ella no siente nada al leer esas especies de notas, diario de vida o lo que fuera.
Roberto Bolaño. Poeta y vago.
No tengo teléfono.


(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el 3 de abril de 2013)

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