Libros menos vendidos en Sant Jordi (un pronóstico)




Hace algunos meses una amiga me habló de un revisor de bolsas de basura que frecuenta las calles de Amsterdam cuando cae el sol. Un minucioso funcionario con linterna dedicado a buscar documentos con nombre y apellido en las bolsas de basura, con el fin de enviar cuantiosas multas a todo aquel que se haya dejado abierta la tapa del contenedor o haya lanzado materia orgánica en el cubo reservado para el papel. Esta segunda infracción me trae a la cabeza algunas de las frases que más detesto: «Se dejó el corazón en el papel» (multa merecida).

Me acuerdo del revisor holandés porque estamos a punto de conocer la lista de libros más vendidos en Sant Jordi. ¿A quién le importa? ¿No va siendo hora de proponer otro tipo de listas? (quizá no)

Los libros más vendidos en Sant Jordi de autores muertos.
Los libros más vendidos en Sant Jordi de editoriales (realmente) independientes.
Los libros más vendidos en Sant Jordi a mujeres con gafas (gafas de sol no computan).
Los libros más robados en Sant Jordi (quise comprarte los “Cuentos completos” de Maupassant pero no tenía dinero).
Los libros más vendidos en Sant Jordi para consumo propio y no para ser regalados (inefable).
Los libros más vendidos en Sant Jordi para ser olvidados al día siguiente (es probable que esta lista coincida bastante con la que aparezca finalmente en los periódicos).

Parece que el día de Sant Jordi no deja de ser un soporte al mercado de los libros que nada tiene que ver con la literatura. Sucede igual con los best-sellers que, como dice César Aira, están destinados a gente que no lee, ni quiere leer, literatura. Recientemente se están publicando en España algunos títulos de César Aira (les costó decidirse): los más recientes son “El cerebro musical”, que prolonga sus “Relatos reunidos”, y “Sobre el arte contemporáneo” / “En La Habana”, un ensayo-ficción.

César Aira, Thomas Pynchon, John Barth.
No todos los escritores que me gustan están muertos.
Elfriede Jelinek, Lydia Davis, Pascal Quignard.

Ante todo me considero lector, escribe Borges. Con este epígrafe se abre “La soledad del lector”, de David Markson, un lector de lectores que construyó sus mejores libros a base de citas ajenas y apuntes biográficos sobre las miserias de la vida bohemia y las muertes de los artistas (recomiendo también “Punto de fuga” y “Esto no es una novela”, publicadas en la editorial argentina La Bestia Equilátera). En su testamento, Markson donó toda su biblioteca personal a la Strand Bookstore, una librería independiente de Manhattan.

¿Una librería independiente de Barcelona? La Calders (¿quién pregunta?), por su ampliación social de la literatura. Paso por el Macba (¡baños públicos!). Todavía sigue en marcha “Especies de espacios”, la exposición inspirada libremente en el libro de Georges Perec. Lleva camino de convertirse en la exposición temporal más prolongada de la historia de los museos. Me abandono a los sueños y pienso que están esperando a que Perec resucite (asociación de ideas innecesaria entre Perec y Peret: no estaba muerto estaba de parranda). Veo un horrendo graffiti en la plaza del Macba y al llegar a casa me arrepiento de no haber escrito debajo: menos grafittis y más magrittes. Fue Perec (no yo) quien escribió en el prodigioso ensayo lúdico “Especies de espacios” que podríamos escribir en las paredes de nuestros apartamentos, como se escribe a veces en las fachadas de las casas, en las empalizadas de las obras, en los muros de las prisiones, pero rara vez lo hacemos.

(Artículo publicado originalmente en la revista Barcelonés el 14 de abril de 2016

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